06 agosto, 2012

Envidias entrelazadas


Mi edificio se sostiene en pie gracias a la colaboración de todos los vecinos. El sistema se diría que es involuntario pero resulta totalmente eficaz. O al menos, así lo creo. Se tratan de una serie de envidias entrelazadas que le confieren una fuerza y armonía nunca vistas. Por las mañanas, Laura, del 3ºA, sale de casa temprano para ir a trabajar. Además de un portazo acompaña su camino hasta el ascensor con un taconeo vigoroso que despierta a Rosa, la vecina de la planta inferior; ésta lejos de enojarse por tan poco cuidado, se asoma a la ventana para verla salir: admira sus esbeltas piernas y lo bien que le quedan las faldas cortas. Juan, vecino del 1ºB, sigue soltero muy a su pesar, aunque lo intenta de todas las maneras no encuentra a la media naranja con quien compartir su vida, por eso envidia al matrimonio del 2ºC: han cumplido su primer aniversario y parecen felices. Desconoce que al marido, cada vez que baja al garaje y pasa al lado del deportivo que se compró hace poco Rogelio, del 4ºD, se le cae la baba y sueña más que nada en este mundo con el día en que pueda cambiar su coche de segunda mano por un descapotable igual. Rogelio por su parte, se queda embobado cuando ve a Rosa, la del 2ºA, lanzarle una pelota de goma a Puskas, su perro labrador: él no puede tener mascota en casa debido a que su mujer les tiene alergia. Y así de arriba abajo y de abajo arriba, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda estos lazos invisibles mantienen el edificio donde vivo en un extraño equilibrio. Yo quisiera ser piloto de avión como Luis, vecino del 3ºC; despertar junto a Eva, la mujer de Ramón, del 4ºB y ser tan joven como Arturo que vive en el 1ºD. Y me gustaría que se cumplieran aunque supusiera el derrumbe total.
Texto: David Moreno Sanz
Narración: La Voz Silenciosa
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