19 octubre, 2011

Ojo de Dios


Abocados al borde del precipicio miran el ojo de Dios que separa las playas.
Allá abajo, dice la madre, el agua es tan cristalina que los callados se pueden contar por separado. Los hay redondos y alargados, y grises y verdes y algunos son tan pequeños que más parecen arena que guijarros.
Y, si tenemos un poco de paciencia y no hacemos ruido, los peces se acercarán a la orilla y nadarán alrededor de nuestros pies.
Con las barbillas apoyadas en las manos, acodados en la tierra, los dos niños no le quitan ojo al
vaivén de las olas a través de la roca perforada, puerta natural entre los dos litorales.
¿Veis? Ese es el camino por el que vamos a bajar. Con cuidado, que es muy pino y
podemos dar un resbalón. Nada de correr. Y, para cuando lleguemos, la marea estará tan baja que atravesaremos el ojo de Dios a pie, como si cruzáramos un arco.
El mayor se levantó de un salto, seguido por su hermano.
¿Bajamos ya?
Sí, pero tenéis que prometer que no os vais a lanzar a la carrera. Y que no os vais a chinchar.
Vale, mami, responde el pequeño, inquieto, tironeando de su mano. Es que lo que yo quiero es llegar ya a la playa, ésa donde los hombres están desnudos.

Para Dácil

Texto: Ana Joyanes
Ilustración: Laura Bécares
Narración: la Voz Silenciosa