27 enero, 2012

La trapecista

Venía de algún lugar del este. Contaba que, en la infancia, el circo la fascinaba. Por él, lo dejó todo. Un día cogió un tren y atravesó media Europa. En el cabello rojo lucía una determinación casi tangible, una aureola de llegar hasta el final, fuese cual fuese.
Esbelta, delicada, ágil, cultivó su cuerpo por el mero placer de lanzarlo al vacío, una noche tras otra. Cruzaba la pista, sin red, sin cuerdas, mientras el público rugía de espanto. Sola, entre los carromatos del circo, la trapecista ensayaba números prodigiosos. Los perrillos amaestrados, el caballo blanco bailando un vals, el oso sobre el taburete… la contemplaban embelesados, como si fuera la mejor terapia ante la cautividad.
Los espectadores veían una cabellera en el aire y allí estaba ella, durante unos segundos eternos, desafiando la gravedad. Contorsionista y volatinera, se mecía entre los cables, los postes y los toldos remendados.
Una noche cayó.
Fue como si se quebrara de golpe la luz que irradiaba, como el fogonazo de un rayo sobre la lona del circo. Y allí quedó, sonriendo al destino, a las estrellas filtrándose por las grietas, a los funambulistas que, como ella, retaban al magnetismo terrestre. Siguió sonriendo, rota y desarticulada, mientras se la llevaban. Alma de poesía, cuerpo de mariposa.



Texto: Virginia González Dorta

26 enero, 2012

Maquillaje

La peluca, los zapatos de tacón, las pestañas, las uñas, el rojo intenso de los labios, el sonrojo de las mejillas, las medias, el vestido, las tetas, la luna del callejón, su olor, su billete de cincuenta, tu número de teléfono, su nombre.
Todo sobre la mesa.
Y como una sombra sin dueño, César se tumbó y soñó llorando: siempre se olvidaba de quitarse también las lágrimas antes de dormir.

Texto: Carlos Díaz Gonzalez

¿ ¡¡Qué miras fósil !! ?



Mientras caminaba por encima del mundo y sintiéndose observada le gritó: ¿ ¡¡Qué miras fósil!! ?.
La señora prendada por la belleza de aquella adolescente que caminaba frente a ella por encima del mundo, no tuvo otro remedio que mirar hacia otro lado y callar. Callar y recordar que aunque ahora fuera un fósil como le había llamado aquella adolescente, ella también había sido joven hacía poco, ella también se miraba en todos los espejos que a su paso encontraba, ella también había caminado por encima del mundo y había pensado que el tiempo era infinito, o mejor dicho… nunca reflexionó sobre lo rápido que se evapora la vida, o dicho de otra forma, jamás pensó que la lozanía fuera tan efímera. Y rescató la imagen que tenía de la visita de su primera cana. También recordó su impotencia al descubrir el primer pelo blanco en su pubis y también cuando entendió que las cremas Loreal no iban a atajar lo irremediable y descansó. Todo se repetía, excepto que cuando ella de igual forma caminaba sobre el mundo respetaba a los fósiles.


Texto: Francisco Concepción
Narración: La Voz Silenciosa

25 enero, 2012

Una temporada para silbar

Título: Una temporada para silbar 
Autor: Ivan Doig 
Traducción: Juan Tafur 
Pvp: 21,95€
ISBN: 978-84-92663-42-2 
Formato: 21,5 x 14 cm. 
Págs.: 360
Quería empezar este año esférico recomendando algún libro que sirva como antídoto para el ambiente de miedo y pesimismo que nos invade; que nos sirviera para poner, parafraseando el refrán, Al mal año, Buenos libros. No se me ocurre mejor opción que una de mis primeras lecturas del 2012.

¿Habéis sentido esa avidez que te hace seguir leyendo, la renuencia a cerrar el libro aunque otras tareas te reclaman o la sensación de tristeza porque hemos llegado a la última página? Todo eso provocó en mí. Comprendo perfectamente que los editores de Libros del Asteroide hayan elegido el verde para la portada de Una temporada para Silbar. Si tuviera que describirlo con una sola palabra, sería luminoso.

Como tantos otros autores americanos, Ivan Doig nos ofrece un libro en el que no pasa nada, no hay grandes pasiones, dramas o afanes de venganza; tan solo la historia de una familia -un padre viudo y sus tres hijos- y sus convecinos durante “una temporada para silbar” (si os llama la atención el título tal como me sucedió, al poco de comenzar sabréis el por qué del mismo).

El libro habla

Soledad


Una noche más en blanco entre esas cuatro paredes le resultaba insufrible.
Descalza, con pasos sigilosos se deslizó suavemente por la casa, sin apenas rozar el suelo; hacía tiempo que el sonido de sus pasos se había perdido. Sintió cómo su espíritu debilitado, se golpeaba en vanos intentos de traspasar los impenetrables muros de su encierro.
Con decisión, se dirigió al antiguo ropero de caoba con puertas de espejo, legado de su abuela materna; trató de buscar en la imagen pálida, escuálida y ojerosa de la mujer que vio reflejada, restos de la joven vital que un día fue. Abrió las puertas con determinación y escogió rápidamente su atuendo; se vistió precipitadamente ocultando el pijama bajo un largo abrigo negro y botas altas a juego; anudándose al cuello la bufanda roja "de la suerte” escogió como signo de valor, aquel llamativo sombrero rojo que jamás se atrevió a usar; por último un ligero toque de carmín en los labios. En sus bolsillos, los documentos y tarjetas. Miró alrededor. Ningún

Murciélagos negros

Los miedos de la garganta, del atreverse y no verse,
Del silencio que te vence.
Fingir que no te imagino, la boca seca de correr tanto.
Correr y esquivar tu sombra, la del frío que calienta.
Cristalino blanco lloroso,
melodía que susurra lo que mis oídos esconden.
Presión negra que aletea, la de la soledad del reflejo,
la de verse dibujado con las palabras ajenas.
Olvidos tras portazos sordos, hilos de aire respiran.
Sostén que no agarra, grita
que te imagina agarrado,
silencio, quiero silencio.
Murciélagos negros rotos.

(Para MA)

24 enero, 2012

El Navegante


Fue un duro invierno, el frío había sido tan intenso que hasta los recuerdos parecían haber quedado congelados en su memoria. Y ciertamente, del mismo modo que se protegía de los gélidos vientos con su raído abrigo, aprendió también a proteger su alma mediante el olvido.Cuando amanecía y los primeros transeúntes lo despertaban de sus sueños cerraba fuertemente los ojos, como queriendo atrapar un poco más de ese tiempo, unos minutos más de esa forma de letargo, ese estado de semiinconsciente que le permitía cierta comodidad alejada de la realidad. Pero poco a poco, los zapatos que pasaban por su lado se hacían cada vez más numerosos, su estómago más chillón y su vejiga parecía no llegar a soportar ya los límites más inhumanos. Entonces era cuando muy a su pesar tenia que

El circo del olvido

Sólo permanezco yo en esta grada huérfana de ilusiones. Aquí sentado es fácil conjeturar la carpa esplendorosa, rasgando el Universo. Puedo cerrar los ojos e imaginarla. Se evaporó el público, no hay lanzadores de cuchillos, y los animales, arrastrando cadenas de soledades, vagan perdidos sin látigo que los azuce. Los caballos trotan desbocados por la pista; el prestidigitador desapareció en su magia y los trapecistas ya no sobrevuelan la arena. Lloviznan palomitas y algodones de azúcar. Diluvian recuerdos disfrazados de payaso. Los sueños duermen, tal vez mueren. Ni siquiera deslumbran los focos. Se eclipsaron las risas; enmudecieron los aplausos. Chirrían los goznes de la vida mientras se ausculta la melodía del silencio, cercando las fauces de ese león que ya no ruge. A lo lejos, entre remolinos de congojas, tu sombra huye despedazada en mil fragmentos.
Texto: Xavier Blanco

23 enero, 2012

El Coleccionista

Mi fascinación por las fechas me acompaña desde niño. Llevo días obsesionado por saber la de mi muerte.
Conocemos la de nuestra llegada al mundo. ¿Y la de nuestro fin? Pienso en ello mientras espero el tren de mediodía. Consulto mi reloj… se acerca… ¡Ya viene!
Noto las vibraciones de los raíles en mi espalda. La emoción me embarga mientras archivo en mi memoria: 22 de enero de 2012, 15 horas 3 minutos y diecinue…

Texto: Yolanda Nava Miguélez

22 enero, 2012

Frente a la cerveza

Me tomo una cerveza y tú me tomas el pelo. Tanto temblor en tu voz, tanto hacer nudos con tus cabellos y acariciar tus anillos. Tanto esquivar la mirada hacia las prisas de la calle o hacia la luz de tu teléfono. Tanto rascarte el cuello y tu falda. Te tengo calada, disimulas de pena. Me engañas desde hace tiempo: estás enamorada perdidamente de mí.

Pero sigo tomando en silencio mi cerveza, sigo dejando que me tomes el pelo mientras te digo lo mucho que sube el paro en nuestra ciudad y pienso en lo verdes que son tus ojos verdes y en las ganas que tengo de comerte.

Texto: Carlos Díaz González 

21 enero, 2012

Calle abajo



Una noche de diciembre Elena terminó de recoger la vajilla, se puso el abrigo y en zapatillas bajó despacio las escaleras para tirar la basura al contenedor. Al pisar la acera echó a andar calle abajo con su bolsa de basura en la mano y anduvo y anduvo.
Su familia llenó la ciudad con la foto de su rostro ajado, que los meses, el sol y la lluvia terminaron por desvanecer. Pero Elena no volvió.
Texto e ilustración: Pilar Aguarón Ezpeleta

Estamos de Cumpleaños

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El salto referente al año pasado es considerable.

Simples datos, que esperamos seguir aumentado con tu colaboración. Datos que son secundarios cuando hablamos de la calidad y humanidad de cuantos creadores (escritores, críticos literarios y musicales, ilustradores, pintores, narradores, lectores y sobre todo amigos) participan en este proyecto.

Gracias a todos por "girar" en esta esfera. Volveremos a realizar recuento el año que viene. Esperamos que no falte nadie.

¡¡Feliz Cumpleaños!!