miércoles 25 de noviembre de 2009

No me invites a una copa



Quiero quitarme la vida. Hace semanas que bebo hasta morir. La ginebra me gobierna, el whisky me tutea y de los tugurios más infectados me tiran a patadas como escoria apestosa. Regalé mi dignidad, porque Jesucrito predicó que nos desprendiéramos de nuestra poseciones para alcanzar el cielo. ¡Que mal me siento! ¡Qué bien me siento! 

Tras dormir tirada como una rata en las oscuridades de esta ciudad selva, mi cuerpo –no mi ser- renace. Amanece y comienza otra vez mi suicidio. ¿Quien te autoriza puto cuerpo a renacer? Mi desayuno es una botella de vodka, que calienta mi espíritu, quema mi vacío e incendia mi guerra contra el mundo. Quiero morir y mejor bebiendo. Mi aliento rechina, cago sangre, mientras mi mente viaja a sitios negros y sin salida, pero sin saber como, regresa. Imposible gastarme esos ahorros de conciencia que me quedan. Los quiero gastar en mi muerte, arrastrándome y vomitando esta miserable vida macerada en alcohol. Beber, beber hasta morir. Pensé que éramos débiles, pero este cuerpo soporta mucho. Es duro... fuerte. No me invites a una copa. Invítame a una botella. Morir bebiendo no es tan fácil como piensas.

Texto: Francisco Concepción


martes 24 de noviembre de 2009

El óvalo de la felicidad


Le retiró el pelo de la nuca y la acarició con detenimiento, besándola de tanto en tanto, remoloneando en su aroma. Ella se inclinó hacia delante, sujetándose a sus piernas, entre las que se acomodaba, encogida. Se creyó una muñeca rusa rodeada por la estructura protectora del hombre.

El calor de sus labios le proporcionaba una inmensa placidez, el roce de sus dedos la adormecía. Las imágenes pasadas volvían a los ojos cerrados y sospechaba que ella no podía ser la protagonista, pero la presión del cuerpo de su amante contra el suyo la desmentía.

Disfrutaba recordando las caricias que brotaban de sus manos como si de las manos de otra se tratara. Y así debía de ser, porque no era posible que fuera ella quien las ejecutase, desinhibida, consciente y satisfecha.

Hacía de ella una persona nueva. Con él todo parecía natural y hermoso y el sólo contacto con sus manos lograba dar la vuelta a sus más sombríos momentos.

Esperaba inquieta el momento en que se reencontrarían para acostarse, pasear, charlar o permanecer junto a él en silencio, lo que fuera, con tal de contar con su apoyo. Porque sabía que sin él volvería a ser la misma mujer taciturna y desencantada que aullaba de dolor por cada amor perdido, la que no se permitiría la menor muestra de debilidad y que languidecía presa de sí misma.

Le estaba tan agradecida que temía no ser capaz de corresponderle, pero él cortaba radicalmente cualquier atisbo de inseguridad con su sonrisa burlona y sus manos inquietas. Le gustaba besárselas, esas enormes manazas, tan tiernas, tan lascivas, tan hábiles para despertarla de la modorra que asfixiaba su vida.

Atrapó una, la que corría por su cuello, y después la otra, que descansaba sobre su vientre, y se las llevó a la cara cubriéndola casi al completo, percibiendo el relieve de sus dedos, la firmeza de su piel y las besó. Sintió cómo él apoyaba la cara sobre su cabeza y cerraba el círculo de sus piernas en torno a ella y supo que en el óvalo que conformaban sus cuerpos se encontraba el secreto de la felicidad.

                                                                                                                                  Texto: Ana Joyanes

Vale la pena flagelarse


Me siento escritora –aunque pronuncie esa palabra con mucho respeto-. No sé si es un don, pero, a veces, puede llegar a ser una maldición. Desconozco también si he alcanzado el nivel de arte que dice Capote, lo que sí he adquirido es ese látigo que siempre tengo en ON. Escribir una frase puede ser un parto con dolor, no hablemos ya de hilvanar dos: casi nunca me complace totalmente, siempre hay diferentes opciones y siempre la duda, la única que no abandona, cuchicheando al oído “esto es horrible, cámbialo; así no, no tienes ni idea; pero ¿cómo se te ocurren estas tonterías?, eres una cursi; no puedes decir eso; ¿cómo vas a hablar de eso?, vas a escandalizar a todo el mundo, no le va a gustar a nadie…”. Y la desesperación si no sale, y la gran satisfacción íntima si crees que lo has logrado. Porque por esa satisfacción, que asoma muy de vez en cuando, vale la pena flagelarse, de vez en cuando.

lunes 23 de noviembre de 2009

Borracho un lunes

Ser borracho un lunes está bien, muy bien. Todos trabajan y yo bebo. Escribo. Soy casi feliz. Levanto los brazos y miro al techo. Canto, bailo y miro al cielo. No ordeno. No atiendo. No arreglo mis sentidos. Dejo que el ruido y el silencio me guíen. Dejo me dejo. No explico. No participo. Sólo bebo. Sólo intento escribir sin saber me, sin obligar me. Gafas, hoja, cerveza bolígrafo. Reír, llorar, cagar vomitar. Ser humano está bien si no te lo crees. Ser animal está bien si te lo crees. Los homos sabios dejaron de existir, se fueron, murieron. ¿De qué sirve acordarse de ellos? ¿Leerlos?
Ahora estoy yo y mi cerveza Steinburg. Ahora estoy yo y mi cuerpo lleno de sangre, de ganas. Ser borracho un lunes está bien, mucho mejor que ser, sólo ser, un martes.

domingo 22 de noviembre de 2009

Escribir bien y mal


Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también la da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse. Al principio fue muy divertido. Dejó de serlo cuando descubrí la diferencia entre escribir bien y mal, y luego hice un descubrimiento más alarmante aún: la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte; una diferencia sutil, pero brutal. ¡Y después de aquello cayó el látigo!

Enjaulando Blogs (recomendaciones)



La coleccionista de secretossiempre hablabaA media vozconEl cazador de moscas”, aunque se escuchara a lo lejos el ladrido inoportuno de losPerros en la playa”. Trataban el asunto deEl clavo en la pared”, para colgar la jaula de los “Aviones desplumadosy las moscas sin alas.


 Selección Blogs y texto:  Francisco Concepción

Peces


Para morir de nuevo solo es necesario subir setenta y dos peldaños hacia el sol y bajarlas con premura, de dos en dos, de tres en tres, para olvidar la agonía de las palabras con traje de tul.
Tal vez la culpa fue de los puentes colgantes que no aprendí a cruzar en las tardes doradas de septiembre; ¡y cómo no! de esta jaula con peces de colores simulando cuerpos mutilados de mujer.
Todos ellos, trepan por mis pies desnudos, erizando la piel con sus escamas, tropezando entre sí e inundando la habitación con viscosa luz de luna decreciente.
Ignoro el mensaje que encierra el delirante vaivén de sus miembros rotos.
Solo dos de esos cuerpos permanecen quietos, escrutándome desde el lado impertinente de una cama sin dosel.
Cuatro ojos vidriosos a punto de estallar en mil pedazos.
Y en la quietud que los distingue puedo contemplar el por qué de sus lamentos.
-No importa, me digo. No son más que el sonido roto de un arpegio creado para las sirenas desahuciadas que enmudecieron río abajo.
Son los mismos ojos que esta noche tomarán París con sombrero negro y un libro bajo el brazo.
-¡Qué bien!-, susurro- Tomar París sin resistencia.


sábado 21 de noviembre de 2009

Obsesiones, creaciones


Que Suskind tiene una personalidad psicopatológica fue la conclusión irrevocable a la que llegué después de haber devorado El perfume y acabado de leer, con menos entusiasmo, La paloma. La obsesión que destilan ambas obras no puede ser casual o artificial.

Se ve que era muy indulgente con el resto de los artistas. Botero, con su mundo obeso, Klimt y su art déco, Gaudí, Miró, Mike Oldfield y sus eternos Tubular bells –vale, lo saco del grupo, eso es falta de inspiración fresca-, Calatrava, Goya y su locura negra…

Ayer cambió mi perspectiva. Por completo.

Me acerqué a ver una exposición de Chillida en la Fundación Cristino de Vera, en La Laguna, y lo que contemplé desbarató mi error de años.

Patrick Suskind no tiene una personalidad obsesiva: todos los artistas la tenemos.

Ese hilo conductor que distingue la obra de cada creador es la expresión de sus obsesiones.

La obra de Chillida, que repite hasta la saciedad las mil variaciones de la misma combinación de líneas geométricas; la de Cristino de Vera, obsesionado con la muerte y la luz, los objetos blancos y la técnica cercana al puntillismo. Dos versiones radicalmente opuestas de una misma necesidad de expresar lo que nos inquieta, lo que satura nuestras vidas y nuestros pensamientos.

Jamás la realidad de lo que nos mueve a crear me resultó tan evidente como ayer, delante de las hermosas obras de Cristino de Vera, que destilan silencio y contención -magnífica “Mujer muerta”, sobrecogedores paisajes de Castilla, cráneos y flores, increíblemente expresivos en su linealidad-, luz y obsesión por la muerte, humildad y grandeza.

Si tenéis la oportunidad, no perdáis esta exposición. La de Chillida tiene fecha de caducidad, el 9 de diciembre, pero la de Cristino de Vera es permanente. Os dará que pensar y puede que descubráis cuáles son las obsesiones que pueblan, a veces ocultas entre artificios, vuestras obras.

Texto: Ana Joyanes

viernes 20 de noviembre de 2009

Traicionándose

Se coloca en la pared que tiene un fondo amarillento. Él le dice: colóquese ahí, por favor. Al principio pensó que era injusto estar desnuda y que la trataran de usted. Se sentía humillada. Pero pronto se acostumbró al gesto y tono solemne del pintor al que había pagado para que la retratara sin ropa. Ya hace tres sesiones que va a su casa, entra al salón donde ya le espera, se quita la ropa, la deja en un sillón rojo que está preparado para eso mismo, se coloca en la pared de fondo amarillo y levanta un poco el brazo derecho y se coloca esa misma mano cerca de la cara, el izquierdo se lo pone encima del hombro y, aunque no está demasiado cómoda, así desea quedar en el cuadro. Cada cierto rato, él chasquea la lengua y le dice: por favor, señorita, haga el favor de no moverse. Y aunque le ha corregido todas las veces y hace caso omiso, ella responde: señora. No puede evitar moverse porque, parece que estratégicamente, el pintor tiene tras de sí un espejo pequeño desde donde puede verse, si se colocara un poquito más a la derecha y fuera diez centímetros más alta, podría verse en el retrato. De vez en cuando lo intenta. Y, sobre todo, cuando llega y se coloca, intenta medir la zona exacta para poder observar cómo la está pintando. Pero, por lo visto, cada día ese espejo está en un lugar diferente. Mientras él la dibuja, ella va pensando en cuántas mujeres se habrán desnudado ante él para que las pinte y las saque hermosas. Se pregunta si él las comparará, como hombre, si la calidad del cuadro irá en función del cuerpo de éstas. Se pregunta qué estará pensando de ella y empieza a llorar un poco sin hacer ruido y reza para que él crea que es una gota de sudor. Todavía maldice aquel instante en el que, puesta ya sobre el fondo amarillento y desnuda, dijo: por favor, no me saque demasiado gorda. Traicionándose.

Imagen: Desnudo de muchacha
con cabellos negros, de pie (Egon Schiele)


Texto: Fusa Díaz
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