25 junio, 2020

El otro sol

El sol dolía allá en lo alto. Podría decir que a mis veinte y pocos años soportaba bien las elevadas temperaturas que los implacables rayos del sol nos regalaban en esa época del año, pero llevaba horas de trabajo agachado, mirando al suelo, viendo avanzar lentamente la labor. El surco que dejaba el arado levantaba una nube de polvo que me envolvía. Las gotas de sudor atravesaban la capa terrosa adherida a mi piel. Era duro el trabajo del campo; no obstante, se compensaba con la esperanza del jornal al final de semana y la satisfacción de ver crecer el fruto de la cosecha.

Había pasado el tiempo. Hoy, este pensamiento me asaltó con pesar por un instante mientras me acomodaba en la toalla mirando al mar, protegido del sol por la sombrilla y la crema solar.

Texto: Javier Velasco Eguizábal

18 junio, 2020

Sueños

Tardes de verano aderezadas con aromas a sal y risas de niños. La familia se reúne en al patio de la casa albeada, inundada con olores a café y bizcocho recién hecho. El perro se adormece en los pies de la abuela que peina con delicadeza el pelo de su nieta más preciada. Al fondo, en la habitación de María, suena un bolero que acompaña a las gaviotas en su vuelo de regreso a casa. El sol se despide por el horizonte y como una escena recreada, los besos de una madre suenan en la mejilla de una hija que vuelve al hogar.
Llega la noche y por fin concilio el sueño entre recuerdos infantiles bañados por un mar azul.
Mañana será otro día, pero los presentes del pasado siempre permanecerán.


Texto: Gloria de la Soledad López Perera

14 junio, 2020

El castillo

La construcción del castillo iba viento en popa. Los sólidos pilares de la base soportaban perfectamente las dos plantas superiores. Sobre ellas irían las torres con sus correspondientes almenas. El artífice de aquella esbelta estructura hacía pequeños descansos para relajar la tensión acumulada. Debía equilibrar bien los muros, calibrar exactamente las cargas que soportarían los suelos, pero todo se vino abajo cuando quiso colocar la sota de corazones sobre el rey de diamantes y el caballo de picas empujó al as de trébol
 
Texto: Javier Velasco Eguizábal

13 junio, 2020

Entre tiempos

Mientras tanto la tarde daba paso a la noche, como si hubiera sido hechizada, los ojos se hacían cada vez más pesados.
Los párpados se hicieron persianas, que poco, a poco, terminaron por la opacidad total de ellos. Pero deseaba que sucediera, era el único modo de volver.


Texto: María Gladys Estévez

07 junio, 2020

Mi pueblo

Yo fui uno de aquellos jóvenes que tuvo la necesidad de emigrar a otro país en busca de trabajo. Anteriormente había viajado al extranjero en varias ocasiones para disfrutar de las vacaciones o para conocer otras culturas. Pero en aquel viaje como emigrante pude comprobar la diferencia entre ellos. Viajaba solo, acompañado de un pellizco en las tripas fruto de la incertidumbre y la inseguridad. Solo llevaba una pequeña maleta con ropa, la dirección casi impronunciable de una ciudad alemana y mi flamante título de carrera que de tan poco me había servido en mi país.
Habían pasado seis años de aquel viaje y el balance que podía hacer era bueno. Con un poco de suerte y con mi esfuerzo logré pronto un trabajo y algún ascenso en el tercer año. Podía vivir con desahogo gracias a un sueldo más que digno y había llegado el momento de regresar a mi tierra.
Me encontraba en la litera de un tren cuando me desperté de noche y ya no pude volver a reanudar el sueño. La cercanía de mi destino me producía todo tipo de emociones y sensaciones nuevas que se mezclaban con los recuerdos de mis vivencias junto a familiares y amigos. Me acerqué a la ventanilla y con la luz incierta del amanecer distinguí la silueta de unas casas blancas en un alto. La imagen velada por las lágrimas fue inconfundible para mí. Era mi pueblo.


Texto: Javier Velasco Eguizábal

03 junio, 2020

Agilidad felina

Saltó el muro con agilidad felina, recorrió lentamente la cornisa con pasos leves y seguros. Se dirigió hacia el lugar en el que su instinto le indicaba que podía lograr una buena recompensa. Para no precipitarse permaneció agazapado y observando atentamente los alrededores. A través de una ventana podía distinguir que algunos miembros de la familia cenaban tranquilamente. Al verlos recordó los tiempos felices en los que formaba parte de una familia y vivía entre ellos.

Notó en sus tripas el arañazo del hambre. Mientras, algunos colegas merodeaban cerca sigilosamente buscándose el sustento. Cuando notó que nadie lo veía se acercó al rincón donde otras veces había saciado su hambre. —¡Maldición! —maulló. El cuenco estaba vacío, alguien se le había adelantado. Una vez más le invadió la frustración. Resignado, esperó con paciencia mientras tumbado en el suelo se lamía las patas.

Texto: Javier Velasco Eguizábal

31 mayo, 2020

La vida se abre camino

La pareja de patos mandarín cuidaba de sus polluelos en el nido construido a bastante altura en el hueco de un árbol del bosque. Aquella hermosa mañana de mayo la hembra salió del nido y voló por los alrededores en busca de comida. Tenía cierta preocupación porque su instinto le decía que había llegado la hora de que sus patitos abandonaran el nido y se enfrentaran al mundo. Para eso deberían saltar al suelo que se hallaba a más de quince metros. Luego, ella les guiaría hasta el agua, su medio habitual.
En esto, vio a lo lejos unas personas reunidas en la barandilla de un puente. Se acercó curiosa y distinguió que uno de ellos saltó al vacío. Pensó que también a él le había llegado la hora de iniciar su vida fuera del nido. Pero cuando comprobó que quedaba colgado de una cuerda, dedujo que aquellos humanos no estaban preparados para salir del nido. ¿Cómo podría reunirse con sus padres atado de aquella manera?
Siguió volando y más adelante un avión que volaba más rápido le sobrepasó. Su sorpresa fue mayúscula al darse cuenta que de él salían personas que caían como piedras.  —Estos sí son de los míos  —pensó. Pero de pronto a aquellas personas les aparecían como unas grandes setas que frenaban su caída. Luego llegaban a suelo y comenzaban a caminar.
La idea no le pareció mala, mas no se le ocurrió la forma de aplicarla a sus patitos. Además sabía que la vida les protegería. Su bosque les regalaba un montón de hojas secas en forma de alfombra mullida.
Mucho más tranquila volvió al nido dispuesta a animar a sus polluelos para el salto.


Autor: Javier Velasco Eguizábal

28 mayo, 2020

A una gaviota

Apareció silenciosa y digna sobre el murete que separa la arena del paseo marítimo. Acostumbrado a verlas volando me sorprendió su tranquilidad al acercarme. Me pregunté qué motivo le impulsaba a permanecer tan cerca de la gente sin volar. Cuando la distancia se reducía a un metro daba unos pocos pasos alejándose. Me pareció verle un ala dañada, quizá fuese eso o, quizá, estuviese enferma. Me quedé un rato observándola y ella, de vez en cuando, me mantenía la mirada con esa peculiar forma de mirar de las aves.

A partir de entonces todas las mañanas la veíamos por distintos sitios de la playa, pero siempre entre la gente. Curiosamente no vimos nunca un mal gesto de nadie hacia ella. A veces pasaba lentamente junto a alguien tumbado en la arena sin inmutarse. La gente la seguía con la mirada y se veían corrillos que comentaban la suerte de esa gaviota.

Durante los quince días que permanecimos en la playa se convirtió en algo imprescindible. La buscábamos al llegar y si no la veíamos nos

27 mayo, 2020

Deletréame

Podría ser selectiva pero no es el caso. Yo me he ungido de ti con un Suntory entre mis piernas hasta que decidas. De modo que tienes el camino solo para ti. Me puedes encontrar en el tejado; columpiándome entre nubes, o en el mismo infierno. Deletréame, bebe, languidece. Hazme un murmullo o la reina del Olimpo, pero hazlo. A golpe de ese jarabe tuyo que se derrama entre mis piernas que tiemblan al verte venir apurando el whisky, lamiendo heridas; hazme volver al dorado.

Texto: María Gladys Estévez

26 mayo, 2020

Tras la ventana, tras la valla, tras la verja, existe la vida, la que se encuentra en lo que estas matando: en la tierra que pisas, en las flores que arrancas, en el lobo que cazas.
Quien eres ser humano que de ello te queda el cuerpo, pura anatomía, que deprecias con las banalidades de la vida; una vida impuesta, que quieres y defiendes sin saber que una abeja te vuelves sin saber porqué y ni la miel compartes de tu minúsculo panal.

Texto: Patricia Vinuesa Hidalgo