03 diciembre, 2009

Bajo los soles de Hiparión


Se retorció como una lombriz , intentando doblarse sobre sí mismo, alzar las manos y alcanzar su pie, pero el movimiento lo hizo girar alrededor de su eje.
La ciudad se desdibujaba en espiral ante su mirada insegura, el crujido del largo vástago del que pendía le aconsejó mantenerse lo más quieto posible.
Muy abajo, a cientos de metros, la ciudad en llamas se retorcía como él, colgado del fuselaje de la nave a la deriva.
Torció hacia arriba el cuello cuanto pudo y evaluó la situación. El cable que lo mantenía anclado, arrollado a su tobillo, cedió unos centímetros, una pequeña caída antes de la caída final, que resonó en su estómago. La verga metálica que lo sostenía no resistiría mucho más, eso, en el caso de que lograra invertir su posición y desligar su pie y arrastrarse hasta el cuerpo de la nave.
Se obligó a recordar los últimos combates, la excitación, la euforia, el placer de las pequeñas victorias, los colegas, los amantes, el sentirse un dios al mando de la mejor nave mercenaria bajo los soles de Hiparión.
Tomó impulso, sus dedos tan sólo rozaron la pierna sin lograr asirla.
Las explosiones se sucedían bajo su cabeza aturdida, lejanas, borrosas, silenciosas.
La ciudad se consumía y lanzaba sus últimos estertores policromos, estallidos inútiles proyectados en el aire saturado por el humo y la radiación, espectáculo final de la destrucción de todo aquello por lo que otros habían luchado para retener.
El asta crujió. El cuerpo descendió ligeramente, con una sacudida. La ciudad parecía estar algo más cerca.
- Así que es ésto –pensó-. Ya no hay más.
Abrió los brazos y los ojos, se saturó de luz y oscuridad, saboreó la atmósfera picante, única, del planeta, buscó el tacto de las ropas desgarradas sobre su piel, sintió que había vivido una buena vida.
Y permitió que el ansia de escapar dejara paso a la placidez de la aceptación.
El cable alrededor de la pierna resbaló otro pequeño trecho, de forma casi imperceptible, un poco más.
Texto: Ana Joyanes