16 enero, 2012

Cigarrillos de agua


Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

Se levantó de la silla, con la velocidad de una rama torturada. Mientras se cerraba el equipo, echó un vistazo al reloj digital, habían pasado dos horas y cincuenta y tres minutos desde que enchufó el ordenador. Le dolía la espalda. Los ojos le escocían un poco, como si tuviera algo de vinagre dentro de ellos. Le apetecía un cigarrillo, pero no intentó sacarlo de la cajetilla, a ella no le gustaba que fumara y todavía estaba despierta. Aunque saliera a la terraza, se daría cuenta. ¿Por qué no inventan cigarrillos que dejen aroma de agua en la lengua y sabor de lluvia en el aire?, se dijo. ¿Por qué no dejo de escribir y me dedico a fabricar cigarrillos de agua?, se dijo. Mientras pensaba si abandonaba su inexistente carrera literaria y se convertía en industrial tabaquero, decidió beberse un vaso de agua que regase los surcos áridos de su lengua y de su garganta, como si lo fumara. Al entrar en la habitación, ella le sonrió, con el sueño descabalgando veloz sobre sus párpados. ¿Has escrito algo?, preguntó con la voz indecisa de una azucena cansada.
Él se encogió de hombros. Al hacerlo, el lado izquierdo del cuello sintió el dolor agudo de la vieja contractura que habitaba como un okupa al que ni la policía antidisturbios puede desalojar. Miró sus ojos y denegó con la cabeza… Nada, no había escrito nada, ni una sola línea.
Ella cerró los ojos, apagó la luz. Él se durmió, convencido de su fracaso y soñando con fabricar cigarrillos de agua, y no oyó la precipitación de sus lágrimas silenciosas.
Un verso se deslizó en mitad de la madrugada, pero nadie lo atrapó.
Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa