23 abril, 2010

Condenado

Y verlo ahí, tirado, desplomado sobre sus rodillas. La cabeza agazapada, encorvado, intentando ser engullido. Las lágrimas regando todo, creando un charco pegajoso que lo dejará ahí, así… de por vida. Miles y miles de yunques parece sostener sobre los hombros gachos. Como si la gravedad fueran pisotones de una estampida de elefantes. Verlo de esa forma, en ese lugar tan abarrotado de barrotes. La cama y la pileta detrás. Un lavamanos. Un escritorio. Una libreta y un boli. Y él vacío, sin nada, deshidratado ya de tanto lloriqueo. Sería mejor pegarle un tiro. Algo rápido. Una inyección letal quizás. A un perro se le haría ese regalo sin dudarlo. Pero no, a él le abren la jaula, luego se la cierran de nuevo, todos los días con las misma rutina. La rutina de las normas, de lo establecido, de lo protocolario. La libertad individual, en ese estado, es una carga aún mayor si cabe. Deja de ser una responsabilidad para ser una pena. Pena, pena es lo que da ese condenado.