26 mayo, 2010

Escribir


Por el hueco que llega hasta la llanura se cuelan las sombras de papel, limpias y estiradas, que se desvanecen con la luz del ingenio, cuando alumbra, allá por el mediodía. Y, como una gran sábana blanca de suaves colinas, se extiende, entre las líneas de la Historia, el campo sembrado de la memoria, rebosante y fértil, sintiendo el peso de sus frutos y el sabor agrio de las malas hierbas, que se retuercen en los escondrijos de la mente.

Como en París, la tinta se precipita gota a gota, desde el vacío, dándole al cielo ese color anaranjado, emborronando letras como manchas de buen vino derramado, hasta que se hacen fuertes y sonoras. Es entonces cuando la estúpida sonrisa surge entre los labios desperezados y húmedos, que se resisten a ser devorados, mientras le arrancamos la piel, y nos buscamos, ansiosos, en los espejos para reconocernos.