03 junio, 2010

La bestia

 
 

El espejo me devolvió la mirada y supe al instante que, en realidad, yo era inocente. No era uno más de esos que salen en las noticias en las que la violencia y la sangre se mezclan a partes iguales, no. Yo no.
Siempre he sido consciente de mi corpulencia, de mi aspecto feroz a mi pesar. Por eso, desde pequeño quise compensar mi apariencia con un buen talante.
Pero después de estar en dos casas de acogida, descubrí que buscar la aprobación me alejaba de aquellos en quienes buscaba afecto. Me catalogaron de problemático, no eran conscientes de la cobardía de sus actos; y yo dejé de creer en la buena fe de las personas.
No hallé a nadie con el valor de mirarme a los ojos, con el deseo de averiguar qué guardaba en mi corazón, hasta que llegó Consuelo. Ella me devolvió el interés por el ser humano. Me miró en silencio, y el tiempo se detuvo.
–Tiene que ser ese –dijo, y yo contuve la respiración. Sabía, no sé cómo, que no podría encontrar a nadie mejor.
–¿Estás segura? –protestó su acompañante.
Y ella asintió con la cabeza sin dejar de mirarme. Mi corazón latía deprisa.
–Sí, es como yo –y tendió su mano para cogerme.
Se la besé, no supe expresar mi gratitud de otra manera.
Me acogió en su casa, con toda la bondad de una madre sin hijos a quienes amar. Pero su pareja no, me miraba mal, como un intruso feo que usurpaba sin derecho las caricias de su mujer. En cuanto se volvió me dio una patada,
comprendí que mi llegada amenazaba su posición en la familia. La verdad es que no esperaba ocupar su puesto, y me callé. Pasaron los días pero los malos tratos de ese señor no cesaron, disimulaba en presencia de Consuelo y fingía accidentes fortuitos en los que siempre yo salía perjudicado.
Aprendí a mantener las distancias, pero cuando me hallaba a solas con él no había espacio suficiente en toda la casa donde esconderme. Y para evitar sus patadas me recluía voluntariamente en la terraza, y él, con gran satisfacción, cerraba las puertas; y para no verme, corría las cortinas. No me importaba, sentía el olor de Consuelo en el aire, su perfume... Sólo con eso me reconfortaba. Sabía que la volvería a ver, que me dedicaría una de sus sonrisas que sacaban de mí lo mejor.
Aquel día, cuando ella regresó a casa, yo todavía estaba encerrado en la terraza. Oí gritos pero no pude ver nada por las cortinas, ella no replicaba. Después escuché golpes de sillas contra el suelo y portazos, se me encogió el corazón: Consuelo lloraba.
–Basta –imploraba.
Y el sonido de una bofetada acalló su voz.
De pronto el espacio de la terraza se me hizo muy pequeño, asfixiante.
–¡Por favor, no! –gimió Consuelo y reconocí el sonido de unas botas mancillando una carne que no era la mía.
Un relámpago de rabia atravesó mi cabeza y me empujó al salón. Una lluvia de cristales rotos me precedió, después no recuerdo nada, únicamente unos ojos muy abiertos y la necesidad de morder su cuello.
–Por favor, no le hagan daño –suplicó Consuelo poniéndome un bozal… y mi correa.
- fin -