02 junio, 2010

El Vago

En un pueblo del centro del país, supimos la historia de un hombre que llevó hasta un extremo impensable su amor por la holganza. Era tan perezoso que un día se echó a morir en la plaza; y como vió que nadie se apiadaba de él, le pidió a unos vecinos que hicieran un cajón de pino y le enterrasen de una vez. «De todas formas me voy a morir». Al día siguiente, el vago entró por su propio pie en el cajón, se tumbó, cruzó las manos sobre el pecho y dijo: «Ea, que empiece el entierro». Y cuatro hombres enlutados alzaron el ataúd, bastante liviano por cierto, y se lo echaron a los hombros. Jamás se había visto un entierro tan bullicioso: la gente rodeaba el cajón e increpaba al muerto con insultos de toda índole. Incluso le tiraban cosas o se acercaban a palmear las pobres tablas. «¿Qué ejemplo le estás dando a nuestros hijos?», vociferaba una buena madre. Tan llamativa era la escena, que un forastero que se asomó a la puerta de la posada para ver pasar el cortejo, se vio obligado a preguntar:
—¿Quién es el muerto? ¿Por qué le tratan así?
—Aquí no hay ningún muerto —le respondieron—. Es el tío Pilo que no tiene nada que comer y ha pedido que le entierren.
Entonces aquel forastero, convencido de que iba a realizar una buena obra, echó a correr entre la gente gritando con las manos en alto: «¡Que pare el entierro!, ¡que pare el entierro!» Y cuando el silencio se hizo en torno a él, proclamó con valentía:
—¡Yo le regalo a este hombre un saco de trigo!
Al oír esto, la masa vibró y despuntaron como piques de agua media docena de insultos dirigidos al forastero. Con ellos, nació un murmureo. Y más tarde, un crujir de tablas que dejó al tío Pilo acodado en el borde del pobre cajón que iba a servirle de ataúd:
—¿El trigo está molido? —preguntó.
—No —respondió el forastero—. Está en grano.
Y el vago, tumbándose de nuevo, sentenció:
—Bueno, pues que siga el entierro.
Accésit del I Certamen de Relato Breve “Enric Valor” (Guadalest, Alicante)