15 julio, 2010

Danza de otoño


Pienso por dónde empiezo a recoger las hojas, las guardo en una canasta o las atesoro en un libro antiguo que se calla…Recordaré que son las que crujían a mi paso y murmuraban historias. Mejor las dejo, el suelo es para ellas el mejor horizonte y el mejor puerto. Y las dejo que se agrupen, que se mezclen, que se abracen, que se cosquilleen las mejillas y las miro…
De repente aparece, con su andar de empoderado, el sapo retobado, con ejército de grillos y hormigas que lo escoltan, se va acercando.
Y casi sin mirarme, de soslayo, de reojo, carcajada en mano, imparte la orden de juntar hojas diversas, hojas caídas, hojas crujientes.
Sonrío ante la dura batalla de que cuatro grillos y tres hormigas puedan vencer a hojas rebeldes, pizpiretas, desordenadas, yacientes.
La orden es precisa, contundente, van a armar una especie de muñeco de nieve pero de hojas de otoño y debe hacerse antes de las 20 00 hs, como si el destino exigiera eso, vaya a saber por qué caprichoso motivo.
Y ahí los veo, con patitas enérgicas, arrimando a un sector de la vereda bien abajo del árbol casi desnudo,
la multitud de hojitas ocres que se apilan a fuerza de grillo y hormiga.
No se si decirle, que es una especie de trabajo infructuoso o sin sentido eso que intentan hacer, alertarlos que cualquier brisa inocente acabara la obra, pero me pareció un fatalista razonamiento humano y seguí espiando con cara de desinterés interesado.
Falta un poco por aquí- decía el sapo- y más por allí, vamos! vamos que es tarde!!!!- gritaba a pata ancha y a todos lados.
Y vertiginoso el ejército de bichos cumplía la ardua tarea hipnotizados por un horizonte cada vez más amplio de ocres y dorados apilados.
Y cuando ya el trabajo, entrada la noche, parecía terminado, incluso me pareció divisar cierto parecido familiarmente lejano al muñeco de nieve. Ocurrió lo que había presagiado.
Una ráfaga feroz, inesperada, que pareció levantarse de la nada y con epicentro en la escalinata de hojas, arrasó con ellas y todas volaron por los aires, dispersas, malabaristas, acróbatas, hasta sentí sus voces de murmullos que develaban secretos, que solo guardan los árboles añejos.
Y se entrelazaban formando figuras caprichosamente bellas y algunas, las más osadas trepaban por las escalinatas de estrellas y saludaban a las tímidas que se conformaban con palos de luz y faroles de la calle.
Abajo, con ojos extasiados, el sapo y su grupo miraban embelesados ese compás de danzas saltarinas, esos abrazos en el aire y esas despedidas.
Eran justo las 20 00 horas y el sapo me miró profundo, con esa profundidad que escasísimas veces miran los sapos.
Ud entenderá ahora mi amiga, por qué quería terminar justo a esa hora la obra.
No supe qué contestarle, más qué decirle- lo lamento, tanto trabajo y este viento…
Sonrió el sapo con ojos grandes, con esos ojos grandes que solo tienen los sapos de ojos grandes y me dijo-Lamentarlo? Lamentarlo? Al contrario! sabía que a la noche soplaría este viento y que las hojas bailarían esta danza que es una especie de ritual de árbol y cielo.
Sabe? -murmuró ahora acercándose a mi oído- quizás los humanos no entienden que la felicidad se mide por la profundidad, no por el tiempo.
Y nosotros, esta noche, fuimos infinitamente felices.

Texto Cecilia Sarobe
Ilustración tomada de Internet:
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