14 julio, 2010

El viejo



El viejo poeta, tembloroso, se aferraba a la barandilla del puente, asoleado por el huequito dejado por una nube, que se movía con torpeza en aquel cielo grisáceo. El día se volvía nublado a través de su visión cansada, sin poder precisar de qué color era el mar, que azotaba con desgana las blanquecinas rocas calizas de la costa, con la misma fuerza que sus latidos, muriendo en el vacío que dejaba la marea.

Lejos, muy lejos, quedaban los discursos ante los jóvenes soñadores, que convirtieron sus vidas en un fuerte golpe de viento, entrando a bocanadas y hundiendo su frescor en las entrañas como zarpazos.

La piel, como si fuera el lienzo de un cuadro descolorido, desistía de las emociones y ya no sentía, ni, casi, recordaba la triste canción de aquel baile, la promesa última, la risa que burlaba el miedo a la muerte, inundada de lágrimas escondidas.

De repente todo se volvió estéril e inútil, pensaba, cuando el cofrecito escapó de sus manos sin mirarlo, para hundirse en las aguas del río que se entregaba al mar sin renuncia.

Luego los pasos apenados dejaron una estela que sería recordada por todos.