10 julio, 2010

La lucha de los cangrejos




Los templos siempre se cubren de un cielo azul que los protege. A pesar de ello, sus afiladas torres cortan el espacio amenazándolo, como si fueran las pinzas de un gran cangrejo situado en la roca más alta, esperando, hierático, a sus víctimas. Por su gran fachada va devorando a los fieles que son presas fáciles, embobecidos de fe, como si fuera el minúsculo plancton que es absorbido sin resistencia alguna. Casi ciegos y ante la imponente belleza del edificio se disuelven entre los recovecos misteriosos.
Un silencio, vigilante, llena su interior, ahogado en la oscuridad que sobrecoge, únicamente profanada por los haces de luz, que se descuelgan desde las altas vidrieras y rosetones y penetran en las almas de los mortales.

Los grandes cuadros de escenas delirantes, que representaban a seres extraordinarios y desprendían extrañas fragancias de miedo y poder, de dolor y amor; fueron descolgados entre gritos.

En las paredes, sobresaliendo, o junto a los altares, predominaban las imágenes que se retorcían, muriendo de dolor,
mientras sus terribles miradas se proponían asustar a las almas encogidas, aterradas y penitentes.

Cuando llegaba la noche, de la oscuridad violada por la luz de las lámparas y las espigadas velas, surgían sombras que jugaban con las formas de los capiteles y las jambas de las puertas, surgiendo manchas en las paredes que corrían hasta el exterior y subían por los arbotantes hasta las cubiertas, dónde las formas diabólicas de las gárgolas se asomaban al vértigo desafiantes.

La imagen y la palabra se fundían en símbolos misteriosos, como conjuros mágicos, que los ignorantes no se atrevían a descifrar. Rezar, sólo rezar y realizar sacrificios eran las únicas formas de esperanza, ahogados en su propia renuncia a confiar en ellos mismos.

Pero, en las grandes mareas de fanatismo, los grandes cangrejos pugnaban por el territorio escaso. Sus lentos, pero seguros, pasos retumbaban por todo el mundo y levantaban tormentas sedientas de arena, que precedía al humo de la batalla y al chirrido de sus armas, en medio de la histeria y el griterío guerrero. La fe ciega los movían y sus músculos se tensaban, doblándose sus arcos y flexionándose sus pilares, mientras que de su cuerpo surgía una red de nervaduras, haciéndolos más ligeros y ágiles. Su cuerpo se agrietaba al estirarse, para conseguir poses musculosas y terribles, con las que pretendían amedrentar a los demás cangrejos, y se llenaban de luz al abrir sus ojos excesivamente.

En la lucha, los cangrejos menos poderosos, o los que no mostraban el arrojo necesario, eran derrotados y devorados por el resto, sólo algunos con más suerte sobrevivieron, vagando, desde entonces, por los desiertos repletos de osamentas, hasta que, agonizantes, desparramaron a sus fieles, que desesperanzados huyeron en busca de otros cangrejos más fuertes o se convirtieron en larvas de futuros crustáceos.

Con el paso de los años, cuando la marea baja, los cangrejos, viejos y cansados, quemados por el sol y oxidados por la brisa del mar, se van anquilosando y petrificando, hasta integrarse en el paisaje. Ahora, que son objetos de las fotografías de los turistas, se muestran soberbios y orgullosos y en sus recuerdos se vuelven a escuchar el chirrido de sus armas.