05 julio, 2011

Café inapropiado


No ha pegado ojo en toda la noche, y su cerebro está exhausto, como escurrido, después de tantas horas al borde del miedo. Por eso, mientras espera que la máquina termine de llenar el vaso con la mezcla de café, leche en polvo y azúcar que ha seleccionado después de introducir en la ranura un euro, intuye vagamente que no tendría que haberlo hecho.
Primera pista: ningún compañero ha avisado de que no hay cambio. O sea, nada más comenzar la mañana ha perdido cincuenta céntimos. Mala señal. En vez de olvidarse del líquido oscuro, y regresar a la oficina, se encoge de hombros. Tampoco es cuestión de cancelar la operación (si se puede hacerse tal cosa), sobre todo porque necesita de la dosis de cafeína. Hoy la necesita de verdad. El resto de días ese café es un rito placentero, a pesar de ser rutinario; pero después de la noche en vela, no tiene más remedio que proteger su sistema nervioso con un aliado que le permita aguantar, al menos hasta las once y media en que hará falta otra dosis, esta vez en el bar de la esquina… La hora de la siesta está en un valle lejanísimo, inalcanzable a estas horas matutinas. “No están las cosas como para que Arcadio me pille dando una cabezada, mientras intento dibujar el diseño del maldito tornillo”.
Por lo que se oyó hace meses, Arcadio, el implacable jefe de su sección, tiene orden de abrir expedientes
a la primera. Y todos, incluida ella, saben que lo hará encantado de la vida, a pesar del poco tiempo que le falta para jubilarse.
Las informaciones llegaron en varias dosis, pero muy rápidamente. Primero, los más enterados explicaron que la apertura del expediente es una estrategia que funciona a las mil maravillas. Los de Recursos Humanos (RH lo bautizó un gracioso, cuando dijo, ‘Esta empresa tiene RH negativo’) sólo pedían que la falta fuera lo suficientemente llamativa, como para disuadir al trabajador de emprender acciones judiciales por despido improcedente, y si algún valiente había, que serían los menos, cuanto más llamativa fuera la falta, quizá, en el hipotético caso de readmisión, el juez fuera propenso a no ser muy duro con la empresa. Se trataba de despedir a cuantos más mejor, sin abonar indemnizaciones. La segunda información, según habían comentado estas personas tan próximas a RH negativo, era la eficacia de un expediente abierto por acumulación de faltas leves, o sea falta reiterada. Muchos pocos, hacen un mucho, era su máxima. Casi nadie llegaba tarde ni abandonaba el puesto de trabajo para fumarse un pitillo en la puerta de la calle.
“Dormirse en horas de trabajo es falta seria”, piensa con otra punzada de miedo, pues está segura de que Arcadio aplicará el verbo dormir a una leve cabezada, a un parpadeo más lento de lo habitual. “Y luego cómo demuestro que no, que era una cabezada, sólo una cabezdita que no afectará para nada al desarrollo del proyecto”.
La tercera información –quizá la más preocupante- era un rumor: su departamento está mal visto desde hace meses; arriba se han producido tremendas tormentas, y algún trueno se ha oído en galeras: no es época para invertir en nuevos proyectos, porque será difícil que el mercado los acepte y, además, las nuevas ideas llevan, como prendidas de sus mangas, una cantidad de gastos que los dueños no están dispuestos a afrontar. Pero la cosa no acaba ahí: si no se cargan el departamento de un plumazo, es para evitar a la prensa y porque, en casos puntuales, modificar algún detalle de la producción es abaratar costes. Desde entonces su departamento es conocido como Los Remendones.
La segunda pista había crecido, sin que lo notase, durante toda la madrugada, interminable. Ella sabe con certeza que ha sido Arcadio el causante de su noche de insomnio. Y si su jefe aún no ha ido más lejos, es porque se trata de un plan, que su torpeza acelera. Arcadio nunca ha dicho ni una palabra, pero ella conoce bien el tono de su respiración. A pesar de que nunca ha hablado, las decenas de veces que ha telefoneado, su timbre es inconfundible, incluso entre susurros y ruidos guturales. Su jefe sabe demasiado de ella. Siempre se ha preocupado por ella. Sabe dónde vive, que su madre necesita parte de su sueldo para pagar a la asistente que va a su casa días alternos. Aún falta para que el expediente que se tramita en la Comunidad Autónoma se resuelva y le concedan la ayuda de la Administración. Entretanto, el parkinson y la pensión mínima de su madre, impiden cualquier otra cosa. Y ella sabe que el momento se acerca. Y también sabe que si ella se niega, algo pasará: un despido, una suspensión de empleo y sueldo… A Arcadio no le hace falta mucho para abrir un expediente. Sí, necesita estar despierta...
Mientras revuelve distraídamente el líquido adulzado, piensa que una buena salida sería hablar con Víctor, el representante sindical en quien más confía. Quizá pueda acusar a Arcadio de acoso, pero cómo demostrarlo. Aunque el margen de duda sea más estrecho que la hendidura de la cabeza del tornillo que diseña, no puede demostrar nada, en el sentido policial o judicial del término.
Antes de acudir al trabajo, muy temprano, se ha presentado en la Comisaría para poner la denuncia. Muy amablemente le han dicho que abrirán una investigación y que si obtienen algún resultado, el canalla será detenido, ‘Porque está segura, señorita, de que se trata de un caballero, ¿verdad?’. No contestó a esa insidia, simplemente asintió malhumorada. Continuó el policía, ‘Lamento decirle que el número que aparece registrado en su teléfono se corresponde con el de una cabina telefónica’. Al decirle el nombre de la calle donde se ubica la cabina, se ha estremecido, pues es la de su misma acera, seis portales más abajo. Y el policía, experto en estas lides, le ha aconsejado que, si sospecha de alguien, haga lo posible para que ese alguien sepa que el caso ya está en manos de la policía. ‘Con esto suele bastar. Y, desde luego, tendrá que cambiar el número de móvil inmediatamente’. Lo de cambiar el móvil no es difícil. Por la tarde irá a la tienda y, presentando copia de la denuncia, le han asegurado, no tardarán en completar los trámites. ¿Pero cómo hacer para que Arcadio sepa que ha puesto una denuncia por acoso…, sin que intuya que él es el único acusado?
Los resortes de Arcadio en la empresa son poderosos.
La tercera pista se muestra ante ella pocos instantes después; pero tampoco la ha visto… Se le ha empezado a ocurrir una idea que quizá cuaje. Subía la escalera con el café humeante en la mano, dispuesta a tomárselo en la misma oficina, cuando, quizá por culpa de andar distraída, ha tropezado con el borde del escalón. Sólo ha trastabillado. Ni un golpe, ni una caída, nada… un pequeño salto poco elegante, si acaso... Pero el café ha abandonado el vaso y buena parte ha aterrizado sobre la camiseta gris y el vaquero blanco que han quedado escandalosamente condecorados…
Tendría que haberse ido, sin más, sin volver a la oficina. Haber salido a la calle camino de su apartamento, luego daría explicaciones… Pero esta mañana anda muy torpe de reflejos. Tanto miedo tiene, que sólo ha pensado en pedir permiso para volver a casa a cambiarse de ropa. El permiso sólo se lo puede facilitar Arcadio…
‘Si quieres te acompaño a casa... Así no tendrás problemas con los de arriba’, le ha contestado con una de sus más afectuosas sonrisas, que a ella le ha parecido lobuna…

Texto: Amando Carabias
Narración: La Voz Silenciosa