14 agosto, 2011

El tercer día

En la noche, cuando todos duermen, el silencio afina una melodía de extraño preludios, con perros aullando a sus horribles visiones y escalofriantes sospechas.

De noche, desde hace dos días, mientras la luna brilla como los reflejos del fuego en una copa de vino, cuando todo duerme, se escuchan ruidos dentro de mi armario. Como si alguien, en tranquila desesperación, intentara abrirlo. Viviendo una condena, aceptada, dentro de él.

Hoy es el tercer día y algo en mi interior me dice que debo abrir ese armario. ¿Qué habrá dentro? Quizá

un hechicero despistado que ha equivocado su magia y se ha materializado en mi habitación. Puede que sea un dragón chino que huye de su emperador temiendo el castigo por no traer el agua a la sed de la tierra. ¿Podría ser un gnomo que ha sido descubierto y se esconde para evitar conceder deseos que, con toda seguridad, no llegarían a hacer feliz a nadie?
Hoy es el tercer día y un impulso desangelado me lleva a mi armario.
Siempre ocurre de noche, muy de noche. Aunque desde hace dos días no puedo ver bien el sol. Mi única luz es esa inmensa luna que parece colarse por mi ventana curiosa de saber qué hay dentro de mi armario. Me gustaría encender la lámpara, pero me molesta. ¡Es tan fría¡
Llevo la misma ropa de hace tres días y no recuerdo haber comido. ¿He dormido algo?. Creo que no. No tengo hambre, ni sed, ni frío ni calor. Sospecho que el interior de mi cuerpo está invadido por una pastosa greda que sacia lo que ya no soy capaz de sentir.

Mi habitación está revuelta. Es extraño, todo está oscuro pero lo veo perfectamente. Veo el desorden que silencia unos gritos, unas súplicas y unos llantos. Doy un paso adelante y piso unos cristales, pero no sangro. Ni siquiera he sentido dolor.
Los ruidos dentro del armario se hacen más fuertes, me llaman. Intuyo que me están esperando desde hace dos días.

En la puerta sigue colgado mi posters de Brad Pitt. No puedo evitar sonreírle, es como si estuviera orgulloso de ser el único que comparte la intimidad de mi cuarto. Apenas unos centímetros me separan del interior del armario, agarro el pomo, pero resbala de entre mis manos. Algo en mi interior me indica que sólo necesito desear que se abra, que mis manos ya no son necesarias.
Lo pienso y sucede. ¿Podrían suceder más cosas si sólo las pienso? Pienso en cubrir con las sábanas la cama alborotada.. Y sucede. Pienso en colocar la fotografía de mi padre, que está en el suelo, sobre mi mesilla de noche y también sucede.


Esa luz fría que sale de la lámpara ¡Es tan molesta ¡¿Quién la encendió? Puedo sentir que en la habitación hay alguien que parece estar llorando, pero no lo veo bien. Es como si perteneciera a otro lugar. Está fuera de mi alcance. Le pregunto quién es y parece no oír. Pienso que la bombilla se rompe y en el instante revienta en mil pedazos.
¡Basta ya ¡Hay cosas urgentes, tengo que ver qué hay dentro de ese armario. El interior es oscuroy aún así, veo. Al principio algo borroso. Me acerco más y ahí estoy yo. Pálida, con los ojos abiertos, la ropa manchada de sangre.
Sangre, llantos, gritos, súplicas, hombre, cuchillo.. Muerte. Todo pasa por mi mente en segundos. Ahora lo recuerdo todo. Un hombre entró en mi habitación de noche para robar lo único que no quería darle: mi vida.

Dicen que cuando alguien muere, no es consciente de su nueva situación hasta que no pasan tres días. Dicen también, que durante esos tres días se suele hacer lo mismo que se hacía cuando aún latía la vida a golpe de pulsos. Cuentan que al tercer día se encuentra un lugar que te hace comprender que ya no perteneces a este mundo. Yo lo he encontrado en mi armario.
Ahora debo caminar hacia la luz. Pero esta luz no es fría, es dulce; como mamá cuando me cantaba:
" A la nanita nana, nanita ea, nanita ea. Mi niña tiene sueño, bendito sea, bendito sea.”

Texto: Esther (Mae)