25 octubre, 2011

Mario labios

Cuando Mario llegó al pueblo tres años atrás, a Blanca se le llenó el bajo vientre de grillos con solo imaginar de lo que aquellos labios bembones serían capaces si ella pudiera ponerlos a su servicio. Pero cómo podía calentarse los pensamientos, y el bajo vientre, si para todos los efectos era como si estuviese casada. Casada con Dios y con la Santa Madre Iglesia. Y con su tío el párroco, que se ocupó tan amorosamente de ella cuando sus padres desaparecieron. Desaparecieron de la casa, del pueblo y de la faz de la tierra, porque no volvieron a dar señales de vida ni de muerte de un día para otro. Puede que en algún momento cuente también esa historia, pero hoy no quiero divagar que me disperso. Pues eso, que el tío cura la acogió generosamente en su casa. Incluso puede que no fuera necesario tanto acogimiento, pensaba a veces Blanca desde que
le despuntaron los grillos por primera vez cuando se embelesó en la contemplación del cuerpo desnudo de Plácido, el hijo del panadero, bañándose descuidado en el pris. Porque lo que tenía claro desde hacía mucho es que el cuerpo del tío no le encendía los calambres, desde luego que no, ni de lejos, si acaso algo de ardor en la boca del estómago, pero eran ardores bastante distintos, también internos, pero de más arriba.
Bueno, a lo que iba, que el negro Mario, porque Mario era bien negro además de labiudo, casi la electrocuta de puro deseo reprimido. Casi la abrasa en sus propios calores de no ser porque le pusieron remedio a tiempo una tarde mientras la misa de ocho tenía ocupado al tiocuramarido y ellos consiguieron un ratito para dedicarlo a retocarse. Sí, eso, a tocarse y retocarse por dentro y por fuera aprovechando la poda concienzuda a la que Mario estaba sometiendo el jardín parroquial desde hacía semanas, muchas para lo chico que era.
Pero claro, luego a Blanca dejaron de interesarle los sermones del tío, qué hastío, todos iguales, incluidos los que le colocaba en las sobremesas sobre las virtudes de las almas cándidas y entregadas como la suya, tan inmaculada, impoluta. Porque su amor por ella era pura pureza fraternal, Dios era testigo, voluptuosos tocamientos a la niña-virgen sin pecado concebida. Tan eterna que iba a ser su vida en el paraíso ese que se le antojaba cada vez más aburrido. Y ella con lo interesante del demonio Mario metido dentro, bien adentro. Y el tío divagando alelado en sus delirios místicos que empieza a inquietarse. Y el jardín que no avanza. Y Blanca que no se confiesa.
Y el maridocuratio celoso que la espía hasta dar en el blanco... bueno, en la diana. Una de aquellas tardes que Blanca y Mario tienen bien organizadas, el tío vuelve al poco de salir al oficio y entra sigiloso por la puerta de la cocina. A los amantes les había faltado tiempo para estar ya el uno metido dentro de la otra en el lecho vicario, más amplio para dar cabida a sus irrefrenables pasiones recientes. Y al pobre hombre de Dios que lo abandonan sus credos de repente y se desmaya en silencio, sin perder del todo la consciencia, sin perderse detalle. El detalle de Mario en Blanca, de Blanca gritona, de Mario negro, de ojos en blanco, de sudores que brillan las pieles al trasluz, de olores mezclados entre tenues polvos atardecidos y sabores adivinados a especias saladas.
Y el religioso que se ahoga en la explosión de vida que inunda el cuarto, el suyo, que se le cuela por debajo de la sotana negra, de siempre más complaciente con la muerte que comprometida con los vivos, hasta rasgarla en jirones como de flecos gastados y desvaídos. El pelo blanco escaso que se le desmelena al viento sin aire de la habitación a media luz. Exudación caliente, luego fría, palidez exangüe de sangre redistribuida en lugares resecos. Y el corazón que no le puede seguir latiendo dividido.
Blanca y Mario encontraron el cuerpo amontonado en el pasillo con una sonrisa extática dibujada en las comisuras, se culpabilizaron pensando que quizá muriera rezándoles los pecados.