05 noviembre, 2011

El día que aprendía a nadar


Siendo aún joven se instaló en Cuba, pero mi tía Lourdes volvía cada verano a la casa familiar en el pueblo. Bronceada por el sol caribeño y luciendo ropas sugerentes que dejaban al descubierto parte de su curvilínea figura, aparecía repartiendo besos y abrazos envuelta en aquel perfume de jazmín que aún no he podido olvidar. Su acento meloso y su voz potente resonaban entre los muros de la iglesia, cuando cantaba el domingo en el coro haciendo palidecer de envidia a más de una. Sus cadenciosos contoneos al andar subida en aquellos zapatos de tacón de aguja hipnotizaban a los que jugaban la partida de dominó en el bar de la plaza, cuando pasaba junto a la mesa. Yo la amaba. Un día en la verbena me armé de valor, la saqué a bailar y le confesé mi secreto. Ella me cogió por la cintura y me quiso contar el suyo:- mi niño dijo, yo soy mucho hombre para ti, y poniendo un dedo sobre mis labios los silenció mientras me guiñaba un ojo y me dejaba ahogándome en un mar de dudas.
Texto: Paloma Hidalgo Díez
Narración: La Voz Silenciosa