08 noviembre, 2011

El joven que trazaba líneas


Se trataba de una labor de naturaleza brumosa. En el barrio no faltaban los comentarios, voces que iban y venían, que se sumaban para diagnosticar que aquel joven era un caso perdido. Y es que, a quién se le ocurría pensar que trazar líneas sobre la nada era una ocupación… Igual, todas las tardes sin falta salía al patio de su casa, una estancia que había elegido entre otras tantas porque le quedaba a la mano, y también, por cierta lejanía que las paredes fabricaban con el cielo. Se sentaba en el medio, y luego de un breve estiramiento principiaba su labor para no parar hasta entrada la noche, cuando, acaso para comprobar que seguía allí, alzaba la mirada. Luego se entregaba una vez más… En ocasiones seguía durante toda la noche, dejando que el movimiento de su mano se acompasara a l! as inusuales precipitaciones nocturnas.
Se entretenía mirando el movimiento de su mano surcando sobre la superficie, fugándose en su aliento hasta fundirse con lo demás… Embebido en su labor, pensaba que aquel hilo aéreo que pretendía seguir, era el mismo que le suministraba fuerza a
su mano así como le proporcionaba a la mosca lo necesario para vuelo. Intuía que aquel hilo, inmanente a todo movimiento y a toda quietud, era parte de un horizonte desbordado en donde los rostros morían y el fuego que aviva los ojos permanecía como un pulso recóndito e interminable. Y mientras pensaba esto su mano se movía trazando líneas tan ligeras…, silencios que se desvanecían, para agruparse más allá, en aquella estancia donde algún día llegaría; solo entonces dejaría el patio de su casa. Por el momento, simplemente le quedaba continuar trazando líneas sobre la nada.
Texto: Marian Alefes Silva
Narración: La Voz Silenciosa