21 diciembre, 2015

Felicidades, ¡que te mueras!


La Navidad ya planea sobre la ciudad como buitre a la espera de la carroña. Sobrevuela disfrazada envuelta en luces, estrellas y consumo en espera de los que flaquean para deshuesarlos. En la plaza juegan tres niños. Dos se tiran una pelota, el tercero es el “perrito” que va de un lado al otro en una silla de ruedas en su intento de dejar de ser el perro. Tiene un gorro de Papá Noel encastrado en la cabeza y se afana remando en su sillita en busca de la pelota, sin escuchar las risas de los otros dos, su esfuerzo lo impide. Risas victoriosas, risas consecuencia del mérito que se otorgan por hacer bailar al perrito en su silla de ruedas. -Corre perrito, corre perrito- El chico de la silla acepta el juego, estamos en Navidad y es una forma de que alguien que no sean sus padres, compartan con él este tiempo. Es sabedor que la vida le ha regalado un hueso y que por mucho que lo intente siempre se “lo quedará”, los perros comen huesos. Esa fue la primera estampa que me acuchilló camino del Corte Inglés a cumplir con la hipocresía del obligado regalo navideño a mi novia. La única mujer que aún trato de conservar. Es la única de las que he tenido que puedo pasear por la calle y presentarla sin avergonzarme. Las otras han sido gordas o cuando abrían la boca le faltaba algún diente, carecían de solvencia verbal y casi todas derrochan verborrea insustancial.

En la puerta del Corte Inglés una rumana gorda repite con letanía “Feliz Navidad, caridad para comer”. -¿Caridad para comer? ¡Si comes más revientas cabrona!- pensé. Mi único objetivo era
atravesar esa puerta, la entrada al infierno. Una puerta que anuncia sin complejo en un enorme cartel “Bienvenido a la Navidad”. Un purgatorio de luces fluorescente y música ambiente dinámica que estimula el consumo. Un territorio de carteristas autorizados, dónde solo tienes que pasar por una de las innumerables cajas de las incontables plantas en dónde te la roban con tu consentimiento.

-Feliz Navidad- me saluda en la entrada una chica joven, que trata de tapar las horas extras de su jornada laboral con capas de maquillaje a modo de asfalto, y en mi cabeza vuelve a sonar el disco de la rumana “Feliz Navidad, caridad para comer”

- Ruego que en roben la cartera cuanto antes para acabar con la farsa de comprar un regalo “único y distinto” para la tía que me follo sin pagar- le respondo endemoniado a la pobre chica que me da la bienvenida al infierno- Ésta se queda en trance, sonríe, se cortocircuita. Valora si es una broma, contestarme como lo haría en su barrio,sin protocolo, o llamar a seguridad. Continúo y atrás dejo a la chica plantada e inmóvil como un olivo.

Ahora que lo pienso bien, bastante me cuesta esta tipa, me refiero a mi novia, no a la pobre chica de la puerta. Echando cuentas, independientemente que la pueda sacar a pasear y presentarla si me topo con alguno de los pocos conocidos que tengo… que si la cenita, el taxi, la copita, la flor plastificada que me ofrece el jodido chino y que en un intento de no parecer el déspota que soy le compro, para que ella me sonría y me diga cuanto me quiere. Sí, cuanto me quieres, ahora me doy cuenta que mucho. Muchísimo. Me gustaría verte en otro escenario, en el que no tuviese mi famélica nómina. No, mejor será que no. ¡Ya veo las veces que sacas la cartera! Haciendo cuentas, cada noche de sexo reprimido me cuesta como mínimo doscientos euros. ¡Joder!... si las putas más macizas con esto de la crisis cuestan menos de cincuenta, y encima soy el puto amo, y para darles por culo no tengo que hacer un máster en ingeniería de súplicas y no me piden explicaciones por nada. ¡Siempre he sido un mal negociador! Así me va.

¿Y que le compro yo a esta zorra que ya no tenga? ¿Un bolso, un broche, un anillo, un traje de Carolina Herrera...? Si en estos tres años le he regalado parte de mi orgullo empaquetado con papel de oro y un lazo de mi paciencia... ¡Pero que mierda ésta! ¡Feliz Navidad! Aquí se quedan con su parafernalia hipócrita. ¡Muéranse!

Al salir del infierno la chica de la entrada sigue plantada. Me mira y estoy seguro que nunca olvidará mi cara. Sigo sembrando amistades por donde piso. Ya, en el exterior, vuelvo a escuchar el bucle de la rumana “Caridad para comer”, “Caridad para comer”. No entiendo como no pierde la energía y la vitalidad de interpretación aunque pasen las horas. Es una actriz impresionante. Junto a ella y como si la rumana fuera invisible un grupo de hipócritas se dan las felicidades. Mientras a su lado, un anciano se calienta las manos con su aliento alcohólico en su lucha contra el frío y su hambre, a sus pies un sobrero donde solo existen céntimos. ¡Felicidades! vuelvo escuchar, mientras el perrito de la silla de ruedas continúa tras la pelota que se lanzan los otros dos hijos de putas que ríen. En la megafonía que ha instalado el ayuntamiento en la ciudad se escucha “…pero mira como beben los peces en el río, pero mira como beben...” y yo cambio la letra por “pero mira como beben los perdedores en los bares, pero miran como beben....” Avanzo mirando los bares infestados por celebraciones y brindis de empresa al son de más felicitaciones. Huyo, intento escapar a casa mientras vuelvo a escuchar “felicidades”, no miro, no vaya a ser que sea a mí. En mi huída oigo la sirena de una ambulancia, una señora en el suelo, ruega que no la lleven a urgencias que allí la dejan tirada y olvidada en el pasillo de urgencias, que estamos en Navidad y que es vieja y nadie le hace caso. Felicidades señora, pienso. Sigo abriéndome paso, “caridad para comer” me retumba en la cabeza ¿Me voy de putas, a beber, a cenar... dónde está la salida de emergencia? Atrás el perrito en la silla de ruedas sigue intentado no ser el perrito, dejar de roer su hueso. ¡Por favor, línea directa con mi casa!. “…pero mira como beben los perdedores en los bares...”

Llego por fin a la soledad y al silencio de mi madriguera, corro en busca de la botella de ginebra, me sirvo un trago largo, seco, duro y directo. Me siento frente a la vieja máquina -ésta se morirá conmigo- e intento acabar el texto que me encargó la Consejería de Bienestar Social para difundir las bondades de la Navidad.

Texto: Francisco Concepción Álvarez
 
Narración: La Voz Silenciosa (29 de nov. de 2011)
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