29 diciembre, 2011

El coleccionista de ideas


El coleccionista de ideas siempre está despierto, atento al paso efímero de un pensamiento. No es impaciente. No es caprichoso.
El coleccionista de ideas no desperdicia nada. Escudriña su alrededor y, en cuanto la ve, no la deja escapar. Puede surgir de cualquier parte: alguien que pasa corriendo, un viejo enfadado, un anuncio en la televisión, una noticia, una voz en la ventana. Alcanza esa idea, la anuda con su imaginación desbordante y la guarda con cuidado.
El cerebro del coleccionista de ideas esta rigurosamente compartimentalizado. Las ideas deben mantenerse claras, frescas, íntegras. Ante el peligro de una mezcla explosiva, que podría ser letal, el coleccionista se mueve despacio, habla poco y mira intensamente. Hay quienes le toman por loco.
A menudo repasa, selecciona y elimina las ideas que, ya por viejas, ya por pobres, deben ser desechadas para hacer sitio a otras nuevas. Es un proceso lento. El coleccionista es riguroso.
El coleccionista de ideas saca su libreta, que
siempre lleva a mano. Abre el abanico en su mente y elige una idea, la más dulce, la más preciada. Con cuidado, con cariño, la transforma con su letra impecable y la enreda en el papel con la fuerza de un texto. Lo lee. Lo pule. Lo deja descansar un día. Es concienzudo.
No puede esperar a ese momento, ya cercano, en el que se reunirá con sus amigos, otros coleccionistas de ideas. En cualquier tasca, en torno a un buen vino, comparten sus libretas, con corazón y pensamiento.
El coleccionista de ideas mira al cielo y sonríe. Es, ante todo, un romántico, y piensa que tiene suerte de vivir en este mundo. Un mundo lleno, fundamentalmente, de ideas.
Texto: Teresa Giráldez
Narración: La Voz Silenciosa