02 diciembre, 2011

El invitado de honor

En diciembre llegó un párroco nuevo al pueblo. Mi madre lo invitó a la cena de Nochebuena, porque le hacía ilusión sentar un cura en la mesa. Lavó la vajilla de La Cartuja y la cristalería heredada de la abuela. Planchó la mantelería de hilo. Sacó brillo a la cubertería de alpaca con una gamuza. Pasó la tarde asando un cochinillo. Todo estaba dispuesto para las diez. Mi madre esperó sentada ante el reloj de pared golpeando con la puntera del zapato cada segundo de retraso. A las diez y media apareció mi padre y detrás “El Guerra“, el borracho oficial del pueblo. “¿Pero a dónde vas con este tarambana?”, preguntó con un temblor de barbilla. “Tomaba un vino con el cura en el bar, cuando entró “El Guerra” dando tumbos y le dio tanta lástima que decidió enviarlo en su lugar“, le explicó mi padre. Mi madre era azogue en la mesa. Pendiente del invitado, al quite de sus torpezas, tiró ella misma una copa que se estrelló en el asado dejando cristalitos como confetis en la fuente y un rastro de vino tinto y salpicaduras de grasa sobre el mantel. Al final todos lloramos. Incluso “El Guerra“.
Texto: Lola Sanabria García
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