24 diciembre, 2011

El ogro


En algún lugar de esos de "Érase una vez...", hay algunos padres que, para amedrentar a sus hijos y hacer que vayan temprano a casa, les cuentan una antigua leyenda que se transmite de generación en generación; según dicha historia, en las montañas del pueblo hay un ogro que de vez en cuando, al oscurecer, baja a llevarse algunos niños que andan solos por ahí sin volver a casa y que luego se los come.

¿Acaso no podría suceder, queridos niños que ahora, en alguna parte, estuviera sucediendo algo parecido a esto que les voy a contar ahora?... ¡escuchen! : 

Hay una parada de bus en donde una niña y un niño, ambos con unos ojos muy grandes, esperan ansiosos; sus juegos les entretuvieron más de la cuenta y se les ha hecho tarde para regresar a casa; temen que se les haga de noche antes de llegar. Un autobús casi vacío se detiene y
los recoge. Sólo hay tres personas más, una pareja mayor en los primeros asientos y un hombre mal encarado, de aspecto extraño y desastradamente vestido en la parte posterior, al final. Parece un lobo solitario agazapado allí. La niña, que es la mayor de los dos, lleva al pequeñín de la mano. Se sientan tras el conductor, delante de los ancianos. Desde el fondo, aquel personaje siniestro los mira, los mira, los mira. El conductor, por petición de la pareja de ancianos, hace otra parada y allí se bajan. El autobús continua su marcha dejando atrás la ciudad que se va empequeñeciendo al otro lado de los cristales de las ventanillas. 

Ya en la solitaria carretera, el conductor nota el cañón frío de una pistola en el cuello mientras oye una voz cavernosa que le indica que coja el próximo desvío, una carretera secundaria, luego otro desvío por una pista forestal monte arriba y luego otra mas angosta y tupida de vegetación. La bestia le da orden de parar, le golpea con fuerza en la cabeza y queda sin conocimiento sobre le volante; quita la llave del contacto y se la mete en el bolsillo. Los niños se han ido corriendo al fondo del autobús. El corre hacia ellos y los arrastra fuera internándose en la solitaria espesura del monte donde sus gritos son inútiles.
Luego continua bosque adentro bajo la tenue luz de la tarde y caminan y caminan y caminan; por fin llegan a un árbol donde hay atada una mula; sube a los niños en ella, la desata y, tirando de la cuerda, continúa monte a través. Comienza a nevar suavemente. El crepúsculo ya va a dar paso a la oscuridad de la noche, pero esta alimaña parece conocer bien el camino y sigue sin detener su andadura, tirando del ronzal.

Finalmente llegan a un lugar rocoso. Escondidos tras una maleza que él separa dando manotazos aparecen unos tablones a modo de puerta; es la entrada de una cueva muy espaciosa; hay un pequeño número de ovejas allí dentro y un pesebre con paja; ata la mula junto al pesebre y baja a los críos de ella. La cueva del ogro es un aprisco de ganado; en un extremo del amplio habitáculo hay una especie de fogón-brasero que enciende de inmediato; los críos intentan huir cuando él se entretiene en hacer el fuego pero, justo a punto de salir, salta con furia sobre ellos y les arrastra de nuevo adentro; al pequeño lo tumba encima del pesebre y lo inmoviliza allí con un trozo de cuerda; a la niña le cubre con un saco de tela blanca la cabeza y la pone de rodillas, atada también, junto a su hermano.

A la luz de la lumbre del fogón, los grandes y atemorizados ojos del niño sólo podían ver la cabeza encapuchada de su hermana junto a él y la sombra del monstruo que reptaba por las ondulaciones rocosas de la cueva de un lado para otro como buscando algo mientras exclamaba dando resoplidos- ¿Dónde demonios lo habré dejado?- . Los desorbitados ojos de la criatura vieron finalmente como en la sombra, la mano parecía portar algún objeto afilado. Realmente el ambiente allí era de verdadero terror.

Lo curioso es que si alguien, ajeno al espanto que estaba sucediendo, viese desde la distancia esa escena, podría pensar que aquello era como una representación viviente del Nacimiento, un pesebre con un niño, una pequeña virgen al lado cubierta con un velo blanco, un extraño e inquieto José dando zancadas por toda la cueva, la mula, las ovejas..., pero lo cierto es que, muy al contrario de la historia de Belén en la que el niño salió de aquel establo, creció y fue conocido por mucha gente, estos críos jamás fueron vueltos a ver; no, nunca mas se supo de ellos.
Texto: Juan Ramón Machín García
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