08 diciembre, 2011

Natividad


—¿Quién se ha comido al niño Jesús! —preguntó la madre con cara desencajada.
Su voz retumbó en las paredes de chapa. El silencio se mostró herrumbroso. El padre miró al hijo que le devolvió una mirada hambrienta. La pequeña agachó la cabeza al percibir que los tres volvían el rostro hacia ella, quiso ocultar sus ojos delatores bajo la mesa de formica pero no llegó a tiempo. Una rata se rascó los bigotes en el rincón.
—¡Oh, Dios! —gritó la madre y se santiguó—. ¡Ahora nos privará de todo!
El hijo imaginó la habitación sin las dos camas, sin la mesa y las cuatro sillas, sin la cocinilla en el rincón ni el belén sobre la vieja maleta. Vio barro.
—Doña Margarita ha dicho que esta noche nacería otra vez el niño Jesús —dijo la niña con voz lluviosa—. Por eso pensé que... —y arrancó a llorar.
—¡A la cama sin cenar! —dictaminó la madre.
El niño tosió para espantar el frío.
El padre cogió los tres camellos, dio uno a la madre, otro al hijo y se quedó con el de Baltasar, que le faltaba la cabeza. Todos salivaron y chuparon las figuritas de mazapán del año pasado.
—La mula y el buey son para comer mañana, así que ya lo sabéis —advirtió la madre.
Diez minutos después, una estrella muy brillante perfila la silueta del padre en lo alto del estercolero. Allí arroja los huesecillos cartilaginosos del bebé.

Texto: Ximens
Narración: La Voz Silenciosa
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