13 abril, 2012

Consejo con fundamento


Habían quedado en la cafetería, algo más tarde que de costumbre, pues Laura había dicho que tenía algo que hacer.
—¿Y esa sonrisa, mujer, que parece te hayas atracado a bombones?—Bueno, no, pero como si lo fuese —contestó Laura, mientras se sentaba a su lado—. ¡Uff, qué incómodo está hoy el asiento!—Es el de siempre y el otro día no te quejabas —repuso Amanda con extrañeza—. A saber que habrás estado haciendo...—¿Yo? Nada —Pero el rubor que le subía por las mejillas decía justo lo contrario—. ¿Qué podría hacer?—Pues por tu aspecto diría que has estado “muy bien” acompañada —Amanda remarcó con el tono y remachó después—. Y esta misma tarde, vamos, que vienes de...—¡Calla, calla!—Pues, anda, cuéntame... todo.—Tendrías que probarlo, chica. No hay nada como montarse encima de una nariz grande, carnosa y caliente. Ahora que lo pienso, la de Vicente, tu maridito, tiene que ser fantástica.—¿Pero qué dices? ¿Tú estás loca?—Que sí, te montas encima y te restriegas a fondo todo lo que te apetezca hasta... bueno tú ya sabes. A tu ritmo, sintiendo como se excita, pero sin que pueda hacer nada.—¿Ah, sí? ¿Y como hago para que se esté quietecito?—Seguro que tú tienes en la cocina un rollo de esos de plástico para envolver, ¿verdad?—Claro, ¿pero con eso?—¡Uy, de maravilla! Dejas a tu maridito bien envuelto sobre la cama, que no se pueda mover, te subes encima y luego....—Me sorprendes, Laura.—Tú pruébalo, querida, y luego me cuentas, ¿vale?
Al día siguiente Amanda pudo comprobar aquellas nuevas delicias, pues Vicente se prestó de muy buen grado a la experiencia.No obstante, una idea comenzó a rondarle por la cabeza:—Me pregunto cómo se lo hizo Laura, por que la verdad su marido nariz tiene, pero más bien es chato, ¿no te parece, cariño? Y no sólo es eso, es que no se me ocurre nadie conocido que le pudiese valer.Amanda seguía pensativa y su mirada se posó en Vicente, que intentó rehuirle la mirada, pero ella se dio cuenta y le cogió la cara con la otra mano para observarle bien mientras le preguntaba:—Ya veo, me parece que a partir de ahora te tendré ocupado por las tardes, que no quiero que esa nariz se ponga a oler aromas donde no debe.

Texto: Javier Camúñez Diez
Narración: La Voz Silenciosa
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