09 abril, 2012

Mas allá del dolor


Podía percibir el olor a muerte. Me escondía detrás del cortinaje rojo que vestía el portalón de la entrada.
Primero los despojaban de sus ropas, luego con una manopla impregnada en aceites, limpiaban todo el cuerpo; les vestían con una túnica blanca inmaculada, bordada de encajes de bolillos; a veces, éstos, eran de color, según gustos y voluntades.
Había cirios en cualquier esquina. El día que brillaban, había muerte.
Hasta que no cumplí los dieciocho años, no dejaron que entrase en aquella estancia silenciosa y fría.
Una mañana cálida de otoño, llegaba una preciosa mujer que había fallecido unas horas antes, a causa de un accidente fortuito. Por entonces, me había iniciado en ese maravilloso arte, y era bastante aplicada en eso de poner guapos a los muertos; me llamó la atención la belleza dormida de aquella señora. Comencé mi trabajo, y, con un especial cuidado, pasé la manopla suavemente por todo su cuerpo; peiné sus negros cabellos ondulados, dejando a posta unos rizos a un lado del rostro; una preciosa túnica envolvió aquel bello ser. Siempre llevan encaje de bolillo que yo misma elaboro. Emma, mi tía, me enseñó desde muy pequeña a confeccionarlos; mientras los demás niños jugaban en el patio, yo, dedicaba mis tardes a esta labor.
Los muertos no están muertos, para mi están vivos y, siguen siendo personas; cuando

estoy con ellos les hablo de muchas cosas. Una vez tuve una larga conversación con el médico del pueblo, que ya cansado de recibir pacientes durante unos sesenta años, decidió descansar. Durante la sesión de maquillaje hablamos de cuando yo iba a su consulta con mi madre, de las lágrimas que vertía cuando le veía venir con la jeringuilla en la mano y, me consolaba con una piruleta para que dejase de llorar.
Don Leopoldo era algo chiflado y sabiondo al mismo tiempo; su piel aceitunada y sus ojos soñadores e intensos.
Escuché atenta su relato de cuando estuvo en el frente, en una cruenta batalla. Apenas contaba con dieciocho años, cuando mató al primer hombre. Fue una de las razones por lo que estudió medicina. Juró que en vez de matar salvaría vidas.
La noche empezaba a caer y, encendí un cirio; brillaba como un lucero en el cielo. Nos sentíamos muy bien los dos; cuando hube acabado de maquillarle y vestirle, le miré emocionada. Don Leopoldo estaba feliz, la calidez de su rostro así lo revelaba.
Pasaron las horas de la madrugada, seguíamos hablando y hablando. Fue uno de los días más placenteros de mi vida. Los primeros rayos del sol penetraron y con ellos algunos allegados.
Nos despedimos con un beso. Tuve tiempo de retocarle el maquillaje, pues una cautelosa lágrima se deslizaba por su rostro.
Y es que para mi los muertos están vivos, tan vivos como D. Leopoldo, el médico.

Texto: María Estevez
Narración: La Voz Silenciosa