19 agosto, 2012

Bendita inocencia


No pude ver como sacaban el cuerpo de Don Elías del sótano, porque la abuela me encerró en la portería. Me dio igual: yo sabía lo que había pasado.

Doña Marta y Don Elías son, bueno, eran, un matrimonio sin hijos, dueños del edificio de viviendas del que mis abuelos son los porteros. Tengo once años y siempre he vivido con mis abuelos en la portería, ya que soy huérfana. 

Doña Marta y Don Elías son tan viejos como mis abuelos, que tienen 58 años. Doña Marta me quiere mucho y yo a ella. Está inválida y yo subo todas las tardes a hacerle compañía. Nos lo pasamos muy bien; vemos películas o leemos y Doña Marta me ayuda a hacer mis deberes, aunque dice que soy tan inteligente que pronto no podrá ayudarme. 

Quiero ser médico, porque hace un mes al abuelo le dio un ataque y estuvo a punto de morirse, pero se ha salvado gracias a que le han colocado una válvula en el corazón. 

Cuando se llevaron a mi abuelo, Don Elías dijo a Doña Marta que iba a aprovechar para echar a los abuelos y así alquilaría la portería. Eso fue lo que decidió a Doña Marta; eso y que se había enterado de que Don Elías planeaba divorciarse de ella para casarse con otra, con la lleva muchos años liado.

Doña Marta dijo que ese “cerdo piojoso” no se iba a salir con la suya. Esos días las dos estábamos leyendo “Matar es fácil” de Agatha Christie.

El domingo siguiente era la final del mundial de fútbol y sabíamos que Don Elías querría verla en la pantalla gigante que tiene en el salón. 

Así que, cinco minutos antes de que empezara el partido, Doña Marta provocó un cortocircuito al enchufar una lámpara estropeada. Don Elías se puso como loco, porque como el abuelo todavía está ingresado y la abuela le había ido a visitar, iba a tener que bajar el mismo, tan gordo y torpe, al sótano para conectar la luz.

La puerta del sótano está al lado de la portería. Tiene una escalera muy empinada con unas barandillas metálicas a cada lado, a las que se puede sujetar muy bien un alambre. Eso hice a las nueve menos diez. Puse esparadrapo en los extremos del alambre para que no quedaran señales en los barrotes. También quité la bombilla que hay sobre la puerta. Para hacerlo me puse unos guantes.

Me quedé escuchando detrás de la puerta de la portería y cuando oí el golpe me asomé al sótano: estaba caído con la cabeza en una posición muy rara. Quité el cable y puse la bombilla, subiéndome en la banqueta que había sacado de la portería. Volví a casa.

La abuela volvió, como siempre, a las nueve y cuarto; un poco después, como habíamos acordado, llamó Doña Marta para pedirle que mirara por qué Don Elías tardaba tanto en dar la luz y subir. La abuela miró en el sótano y gritó.

Texto: Yolanda de Pablos Valencia
Narración: La Voz Silenciosa
Más Historias de portería aquí.