18 agosto, 2012

Cuestión de detalle


Bien afeitado, como le gusta a doña Mila, que la barba no le deje señales en la piel, tan delicada. Y ahora, la loción que me regaló por mi santo, no vaya a pensar que no me agrada. Es un poco quisquillosa, tengo que tener cuidado de no olvidarme nunca de hacerle aprecio. No me lo perdonaría. Ya voy con el tiempo justo y no le gusta esperar y, mucho menos, ir con prisas. No soporta pensar que su marido vaya a llegar un poco antes de lo habitual, siempre quiere tener un buen margen. Una llamada perdida y en dos minutos dejará entreabierta la puerta de servicio.
Mañana le toca a la señorita Jacinta. Me encanta Jacinta y la forma ingenua en que jugamos a besarnos y acariciarnos, esquivando el escrutinio de su hermana, que parece un perro de presa, siempre dispuesta a controlarla. No es fácil romper los hábitos de cincuenta años de convivencia de dos señoritas solteras de buena familia, pero hay que decir que este cambio le ha sentado muy bien y Jacinta parece haber rejuvenecido. Su hermana ya es harina de otro costal, que anda siempre nerviosa intentando averiguar dónde se mete los jueves por la tarde y por qué de un tiempo a esta parte no para de sonreír.
Por cierto, que ayer pasé un mal trago cuando casi nos sorprende

el administrador a Josué y a mí mientras salíamos del cuarto de calderas, sofocados y desaliñados, sin haber recobrado aún el aliento después del revolcón rápido de los martes. No sé cómo le habría podido explicar nuestra presencia allí en pleno mes de agosto.
Veamos. El viernes por la noche le cuidaré los niños a doña Margarita y don Jesús para que puedan salir a cenar y el sábado, doña Rosa… mejor no pensarlo. Respiraré hondo, compondré mi mejor sonrisa y llamaré a su puerta cuando el edificio se quede en silencio y nadie me pueda ver entrar. Desde que murió su esposo, el anterior presidente de la comunidad, me parece notarlo detrás de mí dándome instrucciones sobre cómo hacer feliz a su mujer y cómo pulir mejor la madera de los pasamanos.
Y el domingo por la tarde aún puedo darle una sorpresa a doña Isabel y pasarme a jugar unas partidas de parchís con ella. Le llevaré unas pastas y se pondrá contenta, que siempre dice que los domingos se le hacen muy largos, tan sola.
Es mucho esfuerzo. A veces me agobia el estrés de pensar en confundirme de día o trocar las preferencias de una por las de otra, o pensar en que se descubran nuestras maniobras clandestinas. Pero es un trabajo creativo y detallista. Me gusta satisfacer a los inquilinos de la finca. 
Además, son siete de doce vecinos. El lunes, como cada año por estas fechas, cuando se reúna la Junta de la comunidad no tendré problemas para que renueven mi contrato.

Texto: Ana Joyanes Romo
Narración: La Voz Silenciosa
Más Historias de portería aquí.