23 agosto, 2012

El último


Yo siempre supe que un profesional como yo, con un histórico de tres generaciones dedicados al oficio, sería el último de mi especie. Cuido el detalle mejorando cada día, venciendo a los nuevos tiempos, porque no hay servicio de limpieza que haga brillar los pomos de la baranda de la escalera o el rellano de mármol como yo. Todos los intentos han sido vanos. Tampoco hay quien mantenga la puerta de entrada tan bien engrasada, hasta el punto de que su cierre sea un suave susurro de maderas nobles. ¡Nadie cuida de su casa mejor que uno mismo! Y mi sonrisa… Mi sonrisa es imbatible y brillante y clara a pesar de los años. Les gusta, lo sé. Nunca fumé para no estropearla y los siete cepillados diarios han hecho el resto. Una sonrisa sin artificios, sembrada en las noches con los poemas que leo y regada cada mañana buscando el lado bueno entre los propietarios e inquilinos, aunque algunos sean zafios, estirados o carentes del sentido del gusto del buen vestir.
Luego están las otras cosas, como lo de la basura. Recorro cada noche pasillo a pasillo los portales recogiendo sus bolsas para que no se molesten ni se manchen las manos. Ya me ocupo yo por ellos, y así de paso me mantengo en forma y conservo la línea haciendo ejercicio.Sí. También es verdad. Hay que tener suerte y caer en un portal de señoritos como este. De eso me aprovecho: de su aprecio por el bienestar que pesa más que los euros en sus cuentas corrientes. Todo con tal de no tener que preocuparse de nada. Todos se casan o se juntan, pero en el fondo siempre quieren tener aquella madre que piense por ellos, ahí estoy yo para lo que haga falta.
He visto caer uno a uno a mis colegas de profesión. Se dejaban abandonar en la contemplación del acomodo de su puesto y le salieron barrigones y se dejaron de afeitar, y hasta olían mal. Se reían de mi cara impoluta y mis gustos refinados. Lo sé. Más de un día llegué a oírlos rumorear a mis espaldas “allá va ese maricón”. Sí, todos estos años rieron y rieron, pero yo los he visto caer uno tras otro, sustituidos por esos porteros de metal, tan impersonales y llenos de botones. Ahora los veo merodear de noche por el barrio cuando los bares cierran. Viven fuera de sus portales, sin familia ni trabajo, mendigando en lo que fueron sus casas alguna chapuza que hacer a los vecinos, que lavan así las penas del desahucio del que antes se ocupaba de todo, y yo aquí, tan a gusto, calentito y con los míos. Sí, maricón sí. Maricón y portero, a mucha honra.
Texto: Miguel Ángel Brito
Narración: Susana Santamarina
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