23 agosto, 2012

La Casa de Nuria


Nuria acababa de separarse de un señor al que le gustan mucho las señoras. Lo abandonó, sí; abandonó la casa en la que vivían con sus pequeñas miserias, porque él dejó de arropar su espíritu hacía ya tiempo. Buscó un pequeño piso en un barrio sencillo con vecinos entrañables, de los de siempre; de los que quieren vivir la vida de todo el mundo menos la suya y lo consiguen…
La soledad acompaña a Nuria en su nueva vida con excesiva generosidad. Un trabajo escaso y aburrido que compensa con alguna que otra salida en un grupo minimalista. Nuria sigue enamorada hasta las cejas de ese hombre al que le gustan tanto las mujeres.
Llegó a la comunidad con la etiqueta de separada. Su casero se había encargado de pregonarlo a todo el mundo que quisiera saber.
En el piso de arriba vive una pareja de corte conservador. Tienen dos niñas, muy amables todos ellos, melosos y con intenciones poco claras… Quieren saberlo todo. Preguntan y preguntan en una incontinencia escandalosa…
En su mismo rellano, vive un ser con el pelo cardado en un peinado antiguo. La vecina de arriba, cotillea que este señor se casó con una joven prostituta canadiense y vivieron allí varios años. Ella al final, le abandonó. Él bebe mucho, muchas veces. Tiene su casa embargada por el banco y vive de prestado en un pequeño apartamento junto al de Nuria. El otro día se cruzaron en la escalera. Carlos, le propuso tomar unos tragos. Nuria no aceptó.
La otra tarde, D. Julio, que vive en el ático y es el presidente de la comunidad con carácter vitalicio, bajó a casa de Nuria con la excusa de que se la había caído una prenda al tender la ropa. D. Julio no tenía pinta de haber tendido nada en su vida. La miró, y entre palabras vacías, la escaneó de arriba abajo. Se ofreció para hacerle chapuzas en el piso, le explicó que conocía bien al dueño y no la ayudaría. La previno que en el bloque vivían gentes un tanto estrambóticas. Los del cuarto, un grupo de estudiantes estridentes y descarados que no encuentran nunca la hora para irse a dormir… Llevan chicas a casa y toman sangría en la terraza. Los del segundo, poco de fiar, católicos revenidos. En el piso de la portera habita una madre con su hijo esquizofrénico, éste ha intentado suicidarse varias veces, son morosos en el pago de los gastos del inmueble… ¡Por fin! D. Julio da por terminada la visita.
Nuria, sin pensar, lleva días recogiendo papel de burbuja de la basura, lo guarda a granel en el empotrado del fondo del pasillo. Su instinto le susurra que pronto volverá a embalar todo aquello que lleva desenvolviendo desde hace unos meses. Tiene absoluta certeza de ello. El pálpito le alivia el alma...
Texto: Mercedes Solsona Guillén
Narración: La Voz Silenciosa
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