16 agosto, 2012

Rascacielos


Recientemente instalaron un nuevo ascensor en el edificio: el anterior se atascaba cada dos por tres, y subir hasta el octavo piso suponía un gran esfuerzo.
El día que lo estrené, descendiendo hasta la planta calle, sucedió que primero me creció el pelo (cuando ya era calvo hacía un par de años), luego noté en la cara acné juvenil y finalmente, justo cuando el ascensor se detuvo, me encontré babeando, a cuatro patas y con pañales.
Desconcertado, alcé la cabeza y los botones quedaban altísimos.
Ante la ausencia de vecinos, tan sólo pude gatear escaleras arriba con la suerte de que, ya en el primer piso, me crecieron los dientes y en el segundo, aunque inestable, mi cuerpo se enderezó.
Ahora voy por el piso setenta, ayudado por un bastón.

Texto: David Moreno Sanz
Más Historias de portería aquí.