21 agosto, 2012

Se alquila 4º con ascensor

Las nueve en punto, no hay que hacer esperar a la casera, y menos el primer día de alquiler. Te acercas al portal del número 36 con tu equipaje y pulsas el cuarto D. Después de insistir, escuchas la voz desde el portero electrónico:
—¿Sí?
—Hola —dices—, hablé con usted esta mañana….
—Oh, le estaba esperando. Suba, suba.
Al entrar en el edificio, ves que el ascensor está llegando a la planta baja. La puerta se abre. De su interior, a unos pasos de ti, dos enormes niñas, idénticas, se agarran de la mano y salen casi arrollándote en su camino. Para ser niñas parecen profesionales de rugby con coletas y falda plisada. Antes de salir, en el umbral de la entrada, las gemelas vuelven sus cabezas. Te sonríen, y se alejan dando saltitos. Te encoges de hombros y entras en la cabina. Con el vértigo de la subida, un cosquilleo te baila en el estómago cuando te aproximas a la cuarta planta. Sales. En el pasillo descubres que todo queda oscuro cuando se aleja la luz amarilla del ascensor. Buscas el interruptor de la luz a tientas a un lado y a otro, por fin das con él. La luz se enciende de repente, frente a ti encuentras a
una anciana. Su vestido estampado, y sus dimensiones, te recuerdan a un sofá de tres plazas en posición vertical.
—Disculpa, no quería asustarte—. Reconoces su voz, es tu nueva casera. —Hola, encantada de verte por fin. Oh, has traído todo para instalarte. Bien, muy bien…
Respiras hondo e intentas parecer simpático. Ella te deja paso señalando al fondo del pasillo como lo haría un gorila, otra vez el cosquilleo en el estómago.
—Bien, aquí es —dice ella—: letra D. Pero no te quedes ahí… abre la puerta.
El olor a estofado sale de la cocina, al fondo ves el salón, inmaculado, con fundas de plástico sobre los muebles.
—Me he tomado la libertad de preparar algo de comida casera, es una receta de la que me siento muy orgullosa —dice, mientras te mira de arriba abajo—. Además, te vendrá bien engordar unos kilos. Revisas la vivienda, es espaciosa y llena de luz. Aquí podrás comenzar tu nueva vida. Al final del pasillo, ves una puerta blindada. Es muy extraño. Miras a la anciana y te maldices por no haber mandado la nueva dirección a nadie.
—Será mejor que entres en tu nueva habitación
De detrás del sofá saca un hacha, que en sus manos parece algo ridículo y pequeño, pero la costra rojiza que rodea su filo parece fresca y convincente.
—No me hagas usarla. Si te portas bien, dejaré que mis hijas jueguen contigo. Su última mascota les duró bastante…
El timbre del portero suena con fuerza. El miedo te hace dócil.
—Eso es, adentro, sé un buen corderito o no habrá tiempo para engordar.—Vuelve a sonar.
—Es de mala educación hacer esperar a los nuevos inquilinos.
Texto: Rubén García Collantes
Más Historias de portería aquí.