12 agosto, 2012

Un día cualquiera

Francesco de la Rosa llegaba puntual con los primeros rayos de sol. Subía sonriente las escaleras de mármol del vetusto edificio. En su camino saludaba a Jacinta, la hermosa mulata de ojos verdes que limpiaba el rellano de la entrada. Ya en el segundo piso se topaba con Don Octavio, un médico jubilado que cada mañana salía a pasear muy temprano. Justo antes de llegar al ático, el antipático vecino del 5º pasaba como una bala embutido en ceñidos shorts de ciclista, incapaz de dar los buenos días.

Francesco de la Rosa cerraba la puerta metálica de su apartamento y Don Octavio tocaba en la puerta de Doña Otilia para acompañarla a sacar al caniche. En el rellano recién fregado el del 5º dejaba la huella de su bici con los ojos perdidos en el culo de Jacinta. Jaime y Lucía bajaban por el ascensor con los gritos de los gemelos como banda sonora. Minutos después, Marta, estudiante de bioquímica a distancia, salía a pasear con Quico, su pastor alemán, quien aguantaba estoico los insoportables chillidos del caniche de Doña Otilia.

Al caer la noche, en el piso de Jaime y Lucía los alaridos infantiles anunciaban la hora del baño, sus graznidos se escuchaban desde el ascensor, donde el antipático del 5º apretaba grotescamente los pechos de Lucía. Marta bajaba a tirar la basura intentando adivinar los jadeos que se filtraban por la escalera. Ante la puerta de Don Octavio los ladridos impertinentes del caniche obligaban a los viejos amantes a separar sus labios y Doña Otilia se excusaba avergonzada ante la sonrisa cómplice de Marta y los bufidos del pastor alemán.

Francesco de la Rosa salía de su apartamento, elegante y bien perfumado. Raudo y silencioso se posicionaba ante la puerta carcomida de Doña Otilia quien, como siempre, lo invitaba a entrar. Ya a solas, en la intimidad, con el caniche milagrosamente mudo, ella le advertía sobre los peligros de salir de noche y él le clavaba los colmillos dulcemente, sin que la dama sintiera el más mínimo dolor, absorbiendo lo justo del marchito y suculento cuello. Luego, una vez satisfecho, saltaba por la ventana para evitar que cualquier gotita de sangre pudiera manchar el suelo del rellano, no quería que Jacinta, al llegar por la mañana, se tirara horas frotando el mármol.
Texto:Libertad Morales Salamanca
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