13 septiembre, 2012

Bernardo


Bernardo tenía un don: con dos o tres vinos, conocía cada pensamiento de cuantos le rodeaban. Al quinto vaso, no sólo adivinaba (aunque a veinticinco metros había interferencias que causaban imprecisiones), sino que los voceaba. Intentaba atenazar la lengua, pero ésta solía cobrar autonomía y desgranaba incansablemente cada pensamiento ajeno, según escrupuloso orden de llegada.
Ismael descubrió el filón durante una farra y empezó a estudiar (proporcionándole bebida gratis a diario) su comportamiento. Comprobó que nunca fallaba. En dos meses constató que la percepción se afinaba como si usara un radar para pensamientos. El gasto en vino computaba como inversión descontable de las ganancias. Un negocio simple: apostaba a favor de Bernardo contra amigos y conocidos, y siempre ganaba. Su fama creció como un virus letal entre los círculos de quienes habían perdido apuestas. Le retaban pensando rarezas, sólo para derrotarle. Alguien memorizó el discurso de un Ministro, inútil: Bernardo ‘leía’ todo.
Ismael amplió horizontes y le propuso formar sociedad. Bernardo sería la parte artística (así definió su destreza) y él, su representante. Ofrecía a los alcaldes su ‘espectáculo’ durante las fiestas. Tras la procesión, durante el vermouth, ellos dos estarían presentes. Sabía que

después de las primeras ‘actuaciones’, la fama del socio volaría, y serían los alcaldes quienes acudirían a él. Bernardo restaba importancia al asunto, porque él no se esforzaba, sólo bebía. Al principio podía callar algún pensamiento ‘delicado’ como cuando supo que Leandro se acostaba con la mujer de Ismael; pero pronto perdió el control de su lengua. Absolutamente.
El primer problema de orden público surgió con un sacerdote quien, concluidos los actos litúrgicos, compartía con su feligresía viandas y bebida. Cuando comprendió lo que sucedía, despotricó contra semejante brujería diabólica, pero Bernardo dijo:

—El cura está pensando: como este imbécil adivine quién organizó el robo en la iglesia…

El barullo se tornó losa de silencio y, después, el pueblo entero casi lincha al cura.

Ismael intuyó el gran negocio: si encontraba cómo callar la información, podrían ser confidentes policiales. Pero conseguir que Bernardo adivinase era sencillo, lograr su silencio, imposible.
Ismael abandonó al acabar el verano, harto y asustado con tanta trifulca provocada: traiciones, adulterios, estafas, hurtos, venganzas que parecían accidentes, enfermedades ocultadas, otras inventadas, odios, celos, chantajes, calumnias que cambiaron testamentos…
Ismael quería que Bernardo no bebiera tanto. Algunas veces parecía que lo lograba; pero era un truco. Bernardo se dejaba acompañar hasta el portal y, pasados pocos minutos, regresaba al bar. Entonces intentaba no ‘escuchar,’ pues sólo quería vino; pero la secuencia era imparable, como un todo indestructible: primero bebía, luego adivinaba y por último hablaba. Cuando a Ismael supo que regresaba a los bares —un novio traicionado—, intentó que bebiera en casa. Pero tampoco resultó, porque Bernardo necesitaba beber entre gente, a pesar del peligro.
Ismael, al fin, decidió abandonarle recordándole lo peligroso de su don. Bernardo le contestó:

—Deja de pensar en cómo conseguir el teléfono de aquella chica, porque el novio te molerá…

Ismael puso pies en polvorosa.
Texto: Amando Carabias

Narración: La Voz Silenciosa