17 septiembre, 2012

Compro Oro


Empezaron las tiendas de "Compro Oro".
Simples pedazos de metal dorado.
Gente con manos vacías entrando, gente con manos llenas saliendo.
El pobre más pobre a futuro.
Después fueron las de "Compro plata".
"Compro bronce".
"Compro cobre".
Las tiendas de "Compro madera" fueron casi un esfuerzo por parte de los buenos compradores, esos samaritanos del futuro más siniestro.
Pagaban con oro lo pagado con pino.
Con plata el roble.
Con bronce el corcho.
Gente con manos llenas de astillas entrando, gente con manos llenas de brillo saliendo.
La gente cambiaba todo por todo cuando comprobó que vender para que otros compraran no era el camino.
Un flujo de comprar, vender, mirar, tirar, vender y añorar.
La calle se llenó de gente desnuda de dentro a fuera.
La ropa interior.
Los calcetines.
Esos pantalones y esas camisetas.
Esos vestidos.
Todo vendido, cambiado y comprado.
La gente desnuda bajo un abrigo viejo, sin valor, rodeando el cuello de un oro que ya no se compraba.
¿Oro?
Y la comida al otro lado del cristal.
Tan lejos.
Tan sin precio que ya nada la podía pagar.
¿Cuanto cuesta lo que se necesita?
Así fue como se miraron entre ellos.
Simples pedazos de carne dando paseos, muertos de frío.
Gritos para publicitar nuevas tiendas en la ciudad.
En calles oscuras.
Donde sólo se acepta el trueque.
Donde el que entra, cuando sale, no echa de menos a nadie si ha conseguido tragar.


Texto: Alberto García Salido

Narración: La Voz Silenciosa