06 octubre, 2012

Lo que queda de Dios


Aparecían como ángeles entre las partículas de luz que ofrecían los rayos del sol al caer la tarde; colgaban de sus brazos enormes cestas atestadas de bocadillos y termos con chocolate caliente que repartían siempre acompañados de una sonrisa. Una multitud de seres hambrientos se acercaba silenciosa, guardaban un admirable orden que brotaba de la única posesión que aún les quedaba: su dignidad. Surgían de distintas partes de la ciudad en busca de esa exclusiva comida del día amparándose en la oscuridad de la noche para ocultar su identidad; Se habían multiplicado en poco tiempo convirtiéndose en hijos de la calle”... 
Al terminar la lectura Norberto Cazorla rompió en sollozos. Nunca imaginó cuando escribió aquella novela de ficción, que estas palabras se copiarían literalmente como noticia un año después. Colocó el ejemplar de su novela entre sus últimos enseres y salió de la penumbra, lentamente se acercó al fuego que los supervivientes habían improvisado en la calle para calentarse de las gélidas temperaturas invernales; mantener vivo el fuego era cuestión de supervivencia para estos seres dejados de la mano de Dios. Las llamas devoraban insaciables muebles, objetos y fotos; registros de vidas completas…Sacrificó lo que le quedaba de su creación literaria, los restos de sus recuerdos familiares y se quedó allí abstraído viendo consumirse toda su existencia entre las llamas. ..
Reaccionó al sonido de los altavoces; verlas aparecer cada día al ocaso les devolvía la esperanza…Y se unió a las sombras que poco a poco emergían de la oscuridad.

Texto: María Isabel Machín

Narración: La Voz Silenciosa