27 noviembre, 2012

Lluvia


Las nubes surcaban el firmamento con una oscura estela de tormenta. La primera gota, dura y cristalina, cayó sobre ella. Se asustó.

Buscó refugio dentro del coche. Allí estaba él, expectante y hermoso, enfundado en un jersey negro. Cuando le dirigió una sonrisa, se sintió irremisiblemente atraída por su masculina hermosura. No pudo evitar acariciar sus labios. Su boca sensual pareció devolverle el beso. Entonces, con suma delicadeza, rozó sus párpados, magnetizada por la insondable noche de sus ojos. Acarició su frente, se deslizó hacia aquellos pómulos que parecían guardar el último fulgor del ocaso. Fue bajando, con suavidad, hacia su pecho. Allí, rítmicamente, se ondulaba la zaína lana sobre su torso.

La lluvia arreciaba, desde detrás de los cristales, iba pintando de irisadas estrellas el oscuro jersey. Parecía el cielo, palpitante de encendidos astros.

Apoyó su cabeza justo en aquel punto donde sentía latir la vida que fluía desde su corazón. Fue en aquel momento cuando el hombre acarició las alas que ella acababa de desplegar, mostrando toda su belleza escarlata. Y, mientras decía que era la más extraña de las mariposas rojas que había contemplado, atravesó su cuerpecito con un refulgente y aguzado alfiler.


Texto: María Sangüesa García
Narración: la Voz Silenciosa