30 noviembre, 2012

Perseidas

 
Estábamos tumbados mirando al cielo, uno al lado del otro. A veces, mi brazo rozaba el tuyo cuando lo movía señalando las estrellas, tratando de recordar sus nombres. 
Venus, la más brillante, el Lucero de la tarde antes de convertirse, ya de madrugada en el lucero del alba; Polaris, la estrella del norte, tirando del carro de la osa menor y haciendo girar todo el cosmos en torno suyo; La blanquísima Sirio, Antaris, Aldebarán… 
Al mismo tiempo, buscaba una estrella fugaz que me permitiera pedir un deseo.
Desenfocados, los amigos nos rodeaban sin prestarnos atención, dejándose llevar por la noche calurosa que nos envolvía a todos.
Giramos la cabeza a la vez, nuestras miradas se encontraron y en ese instante sentí ganas de llorar. Acercaste la cara, y nuestros labios se unieron fugazmente y por primera vez. Tu nariz rozó la mía y me volviste a besar. El calor de la noche se desvaneció llevándose todo lo ajeno a ti. Entonces entreabrimos los labios y dimos libertad a nuestras lenguas, al principio tímidamente y luego buscándose, esta vez sí, con prisas por recuperar el tiempo perdido.
La luna nos envidiaba desde lo alto y varias estrellas errantes pasaron sin que alcanzáramos a verlas. Ya no las necesitábamos.
Me sumergí nuevamente en tus ojos y te acaricié el pelo, te abracé y mordí tus labios buscando un resto de carmín. Entonces, las luces del universo llovieron sobre nosotros y otra vez nuestras bocas se enlazaron en un beso perfecto.

Texto: Federico Fayerman Martínez
Narración: La Voz Silenciosa