01 diciembre, 2012

Puntada e hilo


La primera vez que descubrí las costuras del señor Fredrick fue nada más conocerle en una exposición de arte futuro, en Hamburgo. Una amistad común y ligera para ambos nos presentó frente a un pabellón de salto cuántico; nos dimos la mano y entonces noté, con mi buen tacto, los intrigantes relieves, como los que una vez había palpado en un viejo abrigo deshilachado. Tuve que permitirme la indiscreción: él al menos me la permitió, cuando le pregunté a qué se debían esas muescas en su piel. Inconfundibles marcas y cicatrices de bordado y encaje, líneas rectas y precisas flanqueadas por pequeños puntos que una vez fueron agujeros, atravesaban la cara oculta de sus dedos, su juntaban a través de la palma de su mano y ya como una sola se perdía de la vista por su muñeca hasta el interior de la manga de su chaqueta. Me las mostró primero como aquello que solían llamar un Cristo enseñando las heridas. Y luego, con flema envidiable y aplastante honestidad, respondió que aquella no era realmente su primera piel. Luego se unió a un aplauso general que no recuerdo a qué alababa. Su rostro quedó, o más bien siempre había estado, fijo y estático, en un rictus contenido, como si se le pudieran saltar los hilos alrededor de los labios, y yo no quise preguntarle por qué había tenido que mudar el pellejo.

Texto: Enrique Trenado Pardo

Narración: La Voz Silenciosa