11 diciembre, 2012

Una cuestión de celos


Mire usted, seguro que me va a entender porque también es mujer y entre mujeres entendemos muy bien estas cosas. No, no es corporativismo, es porque pensamos las cosas de la misma manera y así es más fácil entenderse. Usted sabe de sobra cómo somos nosotras cuando empezamos a abrigar sospechas, que a veces nos las inventamos, no digo que no, pero pocas. Pues eso, un olor extraño a un nuevo y sensual perfume distinto del que llevaba veintiocho años olisqueando cada mañana; una camisa moderna, más colorida que las que conocía de la plancha y que comprábamos en las rebajas del año anterior en los tres por dos de franquicia; vaqueros raídos de esos que se pagan por el grado de desteñido... Pero lo que de verdad me puso alerta fue el rictus, sí, ese rictus lo había conocido yo misma hacía casi treinta años, igual, no consiguieron desgastarlo las arrugas del tiempo, cuando alguien encendió la mecha se recolocó intacto. ¿Celos? No creo, qué va, nostalgias de juventud. Y el móvil, siempre sin sonido como para evitar llamadas a destiempo, pero siempre atento a la pantalla por si ocurría el destiempo atenderlo a tiempo. En fin, esas cositas, usted ya sabe...
Lo que no me podía creer es que fuera ella la instigadora de tamaño rejuvenecimiento, claro, veintitrés años más joven, ¿se lo podrá creer? Sí, me imagino que sí, que ya habrá oído de todo. Pero si es que es amiga de nuestra hija, desde niña ha frecuentado la casa. Y yo siempre pensando que se interesaba por la madre más de la cuenta porque no la quitaba de la boca, cómo dice Beatriz..., ni de las pupilas cuando se las clavaba en las piernas que dejaban desnudas sus faldas cortas de divorciada en verde, ...qué simpática, ¡ya!

Pues debe de ser que la madre no le hizo caso y se fue a por la hija, que todo sea dicho, nunca le faltaba una oportuna y arrebolada caída de pestañas al personal masculino maduro que las rondaba a ambas, embobados con tanta soltura, tan europeas, ellas. Al final sucedió lo que no tuvo más remedio que suceder, pero claro, el que cayó en las redes fue mi Antonio, ingenuo como siempre, presa fácil para esas dos lobas flacas. Me pregunto si se lo sortearían o si lo dejarían elegir a él. No creo, seguro que lo planearon todo al detalle: que si quédate tú a este que yo me quedo con el otro que me lo tengo más trabajado...

En fin, que sí, no le voy a negar que me alegrara cuando me enteré de que casi se matan porque parece que alguien le boicoteó los frenos a su flamante Audi TT gris metalizado -poco práctico para mi gusto, por cierto-, pero señora juez, yo no tengo ni idea de dónde tienen los frenos los coches, ni tampoco tengo idea de cómo manipularlos, si no, lo hubiera hecho mucho antes, antes de que ya todo estuviera perdido, no le quepa duda, pero que yo sepa, querer que alguien se muera no es ningún delito, ¿no es cierto, señora juez? Si no, todos seríamos culpables. Yo creo que pueden haber pasado dos cosas, o había otras más puestas que yo en mecánica compartiendo mis deseos, o de verdad existe el mal de ojo, que tampoco está penado, de momento.

Texto: Ángeles Jiménez

Narración: La Voz Silenciosa