18 enero, 2013

¡Te lo voy a explicar!


Espera un momento. Tengo que hablar contigo muy en serio —Se enfrentó a él cara a cara.
—¿...?
— Ahora que te tengo delante aprovecharé. No intentes escapar. No lo vas a conseguir. ¡Mírame a los ojos! ¡No seas cobarde! Así. Hace mucho que nos conocemos. Demasiado. Toda una vida. Te he soportado y he tapado todos tus defectos, que por cierto, son muchos. Pero ahora te voy a cantar las cuarenta.
— Y me vas a escuchar aunque no quieras.
— ¡Eres…! ¡Aprovechado. Bocazas. Cabezón. Decadente…
— ¡No! ¡No! ¡No he acabado. Estoy en la letra a letra del abecedario. Hasta la z mira si quedan!
— ¿Cabrón? ¡También!. Un auténtico cabronazo.
— Pides explicaciones a todo el mundo. No pasas una. No dejas títere con cabeza. Todos hacen mal las cosas. Tú no. Tú, eres don perfecto.
— ¡Pues, no, nene, no! ¡Tú eres un prepotente. Un ser que precisa de los halagos y de las alabanzas. Y que si no las recibe se siente deprimido!
— ¡Ah, sí. La depresión! ¡Venga ya, muchacho! ¡No me cuentes historias de miedo!
— Eso es, ahora mírame con cara de carnero degollado. Otro de tus defectos. ¡Y gordos! Haces creer a los demás que eres una víctima.
— ¿Sabes cómo acabarás? ¡Solo! ¡Más solo que la una!
— Eso..., llora. ¡Ahora llora! ¡No me vas a conmover!
— Voy a dar media vuelta y marcharme. Si cambias... avisa. Siempre estaré aquí.

Dando la espalda al espejo en el que se había enfrentado a su verdad, se marchó.


Texto y narración: José Francisco Díaz Salado