25 febrero, 2013

Equilibrio



La fanfarria pide la atención del público. 

En el escenario, en varios niveles, las cinco atracciones están llegando a su momento álgido.

Shasha se contorsiona, como desprovista de huesos, Herbert y Marita danzan su danza vertical, entre caídas y nudos, Dubai Khan escupe fuego y se atraviesa el cuerpo con agujas largas y relucientes.
La rueda gira y en su superficie de hojalata pulida y espejos se reflejan las luces de los focos que se proyectan, oblicuas, desde el techo de la carpa. Y sus destellos la enmarcan, dibujan su silueta, se confunden con el brillo de las lentejuelas que realzan su cuerpo.
Sé que ahora todos los ojos están fijos en ella, que las miradas saltan de su imagen, que gira lentamente, desvalida y hermosa, al extremo del brazo que sostiene el cuchillo; de ahí hasta la venda que ciega los ojos del hombre que ha de lanzarlo. El público contiene el aliento.

Y yo, que me mantengo en equilibrio sobre la palma de mi mano, apoyada en una pirámide de copas de cóctel, los veo reflejados en el cristal que me sostiene, desvaídos, distorsionados, el uno frente al otro.

Y desde la cima de mi mundo solitario lloro sin lágrimas porque no soy ella.

Texto: Ana Joyanes

Narración: La Voz Silenciosa