05 mayo, 2013

Aquellos días

chicharros, sardinas, pescado
Imágen de internet
Detuve el coche y me quedé observando la casa; las celosías de la fachada desdentadas por el transcurrir de los años, y los barrotes con una capa de herrumbre que poco a poco roía durante las noches.
Hay sardinas y col lombarda, decía Suso el pescadero. Recorría los miércoles y viernes la calle pregonando. Mamá salía veloz a la llamada, con su mandril que parecía un jardín de rosas; lo llevaba a todas horas, menos cuando al caer la noche se despojaba del hábito hasta el día siguiente.
Las sardinas se salían del plato de frescas que estaban. Era su frase favorita para que no quedara ninguna en la mesa; hasta la colita se comía.
Algunos mirlos y tórtolas parapetados en la azotea emitían sonidos. Se habían adueñado de los cimientos deteriorados.
Entonces quise ver las blancas sábanas ondeando como las velas de un bergantín. Los geranios adornando el patio donde merendábamos chocolate con pan y los juegos infantiles del corre corre que te pillo.
Qué hace ahí parada como un pasmarote, circule señora, circule. Aproveché el espejo retrovisor y la miré por última vez, mientras me alejaba. 

Texto: María Estévez