14 mayo, 2013

Noche de luna. Capítulo III

Lo había leído en los libros, incluso, lo había observado en la imagen de la Virgen de Los Dolores, la pérdida de su madre producía ese dolor en el corazón como si un puñal lo atravesara. Se preguntaba adónde habría ido a parar su alma para que ella se sintiera tan sola y abandona. Y rompió a llorar, se enrolló en el calor de la manta hasta quedar dormida. En los pocos minutos que duró el sueño, su madre aparecía sentada a los pies de su cama.

—Viviana, espabila… —le aconsejaba, como tantas veces hizo para sacarla de su ofuscamiento y su testarudez.

Se despertó sintiendo la humedad salobre de su pelo en la almohada. Tendida boca arriba recordó la vez que siendo niña se escapó de noche para ver el camino que marcaba la luna en el mar, había oído decir que llegaba a los confines del mundo. Cargó su manta sobre el hombro y anduvo a tientas por el sendero que la llevó a la bahía. Allí estaba, grande,

redonda, y la estela de su luz dividiendo el mar entre sombras y plata.

No podía, no quería compartir su dolor con ellos. La forma de recriminarla hoyaba aún más su corazón y ya le resultaba insoportable. Tenía que agarrarse a la certeza de que tal vez un día viviría tranquila y sin que nadie marcara el ritmo de sus pasos.

Tía Tere subió a la habitación con el fin de convencerla, a sabiendas de que con Viviana nada era fácil.

Tocó una sola vez antes de abrir la puerta y entrar en el dormitorio sin pedir permiso.

—¿Qué haces ahí tumbada todavía? Vístete, que te estamos esperando.

Se sentó en el borde de la cama y acarició su cara, apartando los mechones que se le pegaban a la frente. Con esos ojos tan abiertos, que parecían estar vislumbrando algo que se encontraba más allá de la pared, el pelo oscuro y difícil de domar y el gesto obstinado, no podría ser más distinta de su madre, tan dulce, tan discreta incluso para morirse.

Tía Tere apretó los labios para no llorar pensando en su hermana.

—Viviana, tienes que comportarte como es debido, que ya eres toda una mujer. La gente está hablando… no hay que darle tres cuartos al pregonero…

La muchacha se incorporó, la mirada centelleante.

—Y a mí, ¿qué?

Tía Tere sintió que la bilis le subía a la boca. “Esta niña…”. Los músculos se le tensaron en un amago de darle un bofetón, pero se contuvo.

—Es tu madre —le espetó, con los dientes apretados—, ya puedes tener un poco de consideración —vio cómo su sobrina abría la boca para replicar, y la cortó en seco—. ¡Y ya basta, que contigo no se puede andar con chiquitas! En cinco minutos te quiero abajo. Y como Dios manda, que en esta familia respetamos las formas. Y es tu madre —redundó— la que está de cuerpo presente, tenlo en cuenta y déjate de zarandajas de niña mimada de ciudad.

Viviana empalideció, la rabia y el dolor anudándose en la garganta. ¿Qué sabría ella?

Vio como su tía se apartaba, como picada por una culebra, tiesa, envarada, seca, agria, autoritaria, no quedaba nada del roce de sus manos sobre su frente. Creyó que saldría dando un portazo, pero no, estaban de luto, nadie en la familia se permitiría hacer un ruido inapropiado.