17 junio, 2013

La Tirana, la celebración que nace de una hermosa leyenda de amor

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Baile en fiesta de La Tirana
Imaginario Cultural
“La Tirana” es la fiesta religiosa más popular y concurrida de Chile. Se celebra en el pueblo de La Tirana, que se encuentra ubicado en la comuna de Pozo Almonte, en el norte de Chile.

Cada 16 de Julio, en este pueblo, de no más de 560 habitantes, se reúnen entre 250.000 y 300.000 visitantes durante la semana que duran las celebraciones, donde asisten fieles provenientes de diversas partes de Chile, Perú y Bolivia.

Cuando el reloj marca la medianoche del día 16 de Julio, estallan fuegos artificiales y la fiesta alcanza su punto máximo en música, danza y cantos para celebrar el cumpleaños de la Virgen.

Sin embargo, esta celebración nace de una hermosa leyenda que
quise rescatar en la columna del día de hoy.

Esta se origina alrededor de 1535, momento en el cual Diego de Almagro salió del Cuzco en busca de la conquista de Chile. Lo acompañaban 550 españoles y alrededor de 10.000 indígenas peruanos. También incluían la expedición dos hombres importantes; Paullo Tupac y Huillac Huma. El primero príncipe de la familia de los incas y, el segundo, último Sumo Sacerdote Inca del extinguido culto al dios del sol. Ellos eran mantenidos como rehenes del Estado por los españoles. Cumplían la responsabilidad de mantener el orden entre los indios que componían la expedición y, en caso de que no lo consiguieran, serían asesinados como pago por el desorden causado.

Al Sumo Sacerdote Huillac Huma lo acompañaba su hija llamada Ñusta, por la cual corría la sangre inca. Al llegar a la región de Atacama, este decidió escapar, era el momento preciso. Su hija Ñusta se quedó con un grupo de indígenas que también planeaba escabullirse. Al fugarse, se refugiaron en un bosque de tamarugos (árbol característico de la pampa chilena) y que se conoce como pampa del tamarugal.

La princesa inca vivió durante cuatro años en el lugar rodeada de sus servidores. A ellos los dirigió y organizó, y  se convirtió en una líder salvaje e implacable, ya que ejecutaba sin piedad a todo extranjero o indígena bautizado como cristiano que cayera en sus manos, por esto, la llamaban “La Tirana del Tamarugal”.

Un día llevaron hasta la princesa a un apuesto y altivo extranjero llamado Vasco de Almeyda, quien pertenecía a un conjunto de mineros establecidos en Huantajaya, que buscaban la mítica "Mina del Sol". Apenas lo miró se enamoró de aquel hombre. Sin embargo, los ancianos e indígenas de la tribu, dieron la pena capital a aquel caballero. La joven enamorada, con un sentimiento de compasión, buscó las alternativas para romper la tradición y librarlo de la muerte.

Después de pensar la noche entera en vela, la princesa encontró una fórmula para salvar a su amado. En su carácter de sacerdotiza fingió consultar los astros del cielo e interrogar a los ídolos, tutelares de la tribu. Después de meditar, reunió a su tribu y dijo que la ejecución del prisionero debía retardarse hasta el término del cuarto plenilunio.

Los cuatro meses siguientes fueron de descenso para los guerreros del Tamarugal. La princesa no repitió durante ese período las correrías asoladoras que eran el espanto de los colonos de la región. Ella ya tenía otro objetivo: quería vivir por su amor.

Los diálogos de la pareja se prolongaban de sol a sol. La Princesa le preguntó al portugués:

Y de ser cristiana y morir como tal ¿renaceré en la vida del más allá y mi alma vivirá unida a la tuya por siempre jamás?
— Así es amada mía. Contestó Almeyda.
— Estás seguro de ello, ¿verdaderamente seguro?
— Me mandan creerlo mi Dios y mi religión, que son la fuente de toda verdad.

En un rapto impetuoso la Ñusta pronunció las palabras que serían su perdición.

 Entonces bautízame, quiero ser cristiana, quiero ser tuya en ésta y en la otra vida.

Almeyda cogió agua vertiéndola sobre la cabeza de la amada y pronunció las palabras sacramentales:

Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu...

No pudo terminar la frase, porque los wilkas que los vigilaban y que aceptaban esta pasión, no pudieron resistir esa traición y en una airada reacción dispararon una nube de flechas sobre ellos. Ambos cayeron abatidos. Ñusta, herida de muerte, sobreponiéndose a sus intolerables dolores llamó a sus alrededor a los wilkas, a los sacerdotes y al pueblo con voz entrecortada.

 Muero contenta, muero feliz, segura como estoy, como creyente en Jesucristo, en que mi alma inmortal ascenderá a la gloria y llegaré al trono de Dios, junto a quien estará mi amado, con quien viviré toda una eternidad. Sólo les pido que después de mi muerte coloquen una cruz en mi sepultura y al lado de la de mi amado.

Iglesia de La Tirana
Entre 1540 y 1550, fray Antonio Rondón, de la Real Orden Mercedaria, evangelizador para la región, llegó al Tamarugal para levantar en todas partes el estandarte de Cristo. Un día vio un arcoiris y siguió su haz de luz hasta un bosque de tamarugo, donde encontró una cruz cristiana.


Fray Antonio vio en ello una especie de indicio del cielo, una llamada de recuerdo a la Princesa Tirana del Tamarugal. En el lugar edificó una ermita que con el correr del tiempo se convirtió en la iglesia donde actualmente se lidera la celebración de la fiesta de La Tirana.

Artículo: Natan Olivos