28 septiembre, 2013

Que difícil es hacer las maleta

Texto participante
en la convocatoria


Las vacaciones han concluido. Ya es hora de volver a la rutina, a mi lugar de siempre. Y debo hacerlo con celeridad, antes de que las primeras lluvias, los días grises y el viento otoñal hagan más difícil la tarea del traslado. Tengo muchas cosas que preparar.

Estas fueron unas bellas vacaciones. Baratas, muy baratas, pero, sin duda, muy bien aprovechadas. Siempre me gusto acampar, por lo que ahora, cada vez que tengo una oportunidad y la meteorología lo permite, me escapo a este rincón maravilloso. Desde niño anhelé el contacto con la naturaleza, el suave tino del aire acariciando mi rostro durante las noches de agosto, remojar los pies en el agua fría de la fuente, ver pasear a las parejas cogidas de las manos, contemplar la bucólica imagen de sentirme rodeado de las palomas del parque, en pugna por una minúscula miga de pan, andar descalzo por el césped..., y dormir al aire libre, eso es lo mejor, contemplar las estrellas, sentirme preso del cielo, que

lo es todo, y uno, aquí debajo, acostado al raso, no ser nada. Ahora todo esto ha llegado a su fin. Toca hacer los macutos, recoger las pertenencias y encarar la vuelta a casa.

Menos mal que soy un hombre precavido y ya, desde hace unos días, he empezado a lavar, doblar y ordenar la ropa; así como a clasificar todas las pertenencias que tengo, para poder llevármelas con un cierto orden. Durante este mes me he agenciado con unas cuantas cosas necesarias: una sombrilla, una silla plegable, una nevera portátil, un mantel a cuadros rojos y blancos, una almohada, una toalla de microfibra, un par de calderos, una cafetera y algún que otro cacharro más que, si bien no sabía cómo o para qué usarlos, me los pillé soñando con sacarle algún provecho.

Ahora todo luce por los suelos, aparentemente desordenado. Incluso algunas personas me han llamado cochino por ello, pero lo cierto, es que están colocadas en un estudiado orden: de lo más grande y pesado, que colocaré debajo, hasta lo más pequeño, frágil y necesario, que irá en una bolsa ubicada en lo más alto, a mano.

Por suerte, lo que sí tengo, porque me lo apañé hace algún tiempo y sin él el traslado sería misión imposible, es un viejo carrito de supermercado. Si logró organizarlo bien, tal y como lo he programado, podré llevar todos mis bártulos y transportarlos, sin mucho esfuerzo, desde este banco del parque, mi lugar de vacaciones, al otro lado de la ciudad, el viejo zaguán del edificio abandonado, donde tengo mi habitual morada.

Texto: Guillermo Cabrera Moya

Narración: La Voz Silenciosa