06 septiembre, 2013

Venganza

La mano de la bestia asomaba por la puerta entreabierta. Quiso gritar pero no pudo, ni siquiera una palabra salió de sus temblorosos labios. Quedó inmóvil y con un gesto de terror en el rostro. Unos dedos largos y peludos provistos de uñas afiladas, grotescas y negras amenazaban con entrar en la habitación, que hasta ahora creía segura, porque fuera, en el porche, una tremenda ristra de ajos pendía igual que un farolillo. Poco tiempo después la habían trasladado al Departamento de Salud Mental, donde sobrevive igual que una marioneta guiada para cualquiera de sus necesidades.  Desde que el bebé  vino al mundo algo había cambiado en aquel hogar,  lloraba incesante y cuando alguien se acercaba a la cuna para consolarle, los ojos del pequeño se tornaban rojos como el hierro forjado. Las convicciones religiosas de la mujer propiciaron que el pequeño diablo llevara a cabo su propósito. Carlitos nunca le perdonó el destete y aún guarda la mano de silicona en el baúl de los juguetes.

Texto: María Estévez