16 octubre, 2013

Ausencia

Texto participante en
convocatoria.
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En pleno desierto tengo trabajo, un rincón para vivir, y mis vacaciones.
No soy perezoso; llevo bien el calor. Salgo y entro como si tal cosa, eso extraña por aquí, aunque respeto las siestas; son sagradas. “Hay que hacerlas detrás de una nube o en la cama si puede ser”, digo siempre.
Este calor lo sobrellevo tomando cervezas y tintos por ahí, y refrescando unas botellas para la vuelta del trabajo. Fresquitas, treinta o cuarenta grados, reconfortan. Casi no quedan en el frigo. Mañana compro.
¡Las dos de la tarde; cuando termine de caer llegamos a los cuarenta! Voy a aprovechar este rato, me acerco a la laguna, y me refresco por dentro con los vecinos. Dando un rodeo corto llego enseguida.
—Buenas. —Buenas— comentamos casi al unísono.
Veo caras desconocidas —¿Y esos del rincón?— pregunto a Pedro mi vecino.
—He oído que han venido a ver los terrenos tres capataces y un ingeniero, serán ellos. No me hagas mucho caso, Ángel lo sabrá.
Por hablar de algo sonsaco a Pedro —¿Hay movimiento en los taludes?
—Sí, contesta distraído, han preparado jaulas grandes; dijeron que emparejaban algunas especies en la solana.
No quiero ni imaginarlo, pienso para mí, mira tú por dónde hay de nuevo tortugas moras en los taludes. Es mi paso obligado ¡Nadie sabe lo que sufrí allí el verano pasado, nada más coger vacaciones!
Me dedico a la investigación de enfermedades raras en especies de estas aguas. Para despejarme paré un rato a mirar las ranas y tortugas; cientos de esos bichos se me metieron debajo de las ruedas. No arrancó el coche en una semana, ni pasó nadie por allí. Los otros biólogos estaban de veraneo como yo.
Llevaba encima cámaras, trípodes pequeños, y tantas carpetas que no podía tirar el coche con ellas; clasifico por edades. Al final da lo mismo estudiar bichos que personas; somos igual de raros.
Solo, sin móvil, sin otra agua que la laguna; con la única compañía de revistas de animales para cenar, comer y desayunar; y para suerte, los termómetros dieron las máximas; si me dicen que sobrevivo no lo creo, siento pánico a quedarme solo de noche en el desierto; nunca imaginas que encontraras al abrir los ojos. Dan buenos sustos sus bichos.
Crecí ilusionado por estudiar esta profesión. Recuerdo cuando comentaba a mi madre algún nacimiento; ella me decía distraída. “Estudia más y no pierdas tanto tiempo en el río con esos apuntes. Tienes un bachiller muy difícil por delante”.
Siento atracción y temor por igual. Me dolió mucho matar algunos para comer y pasarles el coche por encima, tanto como hacérselo a una persona.
Desde mi supervivencia me interesan también los astros. Rogué todas las noches al cielo por mi vida, a Urano, Júpiter, Plutón, y al Sol; me escucharon; ¡salí vivo del desierto!
En agradecimiento a su ayuda, preparo un proyecto para trasladar el laboratorio a la Luna.
¡Mientras estuve solo en el desierto, nadie me echo de menos por aquí…!

Texto: Calamanda Nevado