08 octubre, 2013

Trabajar en vacaciones


Texto participante en 
convocatoria.
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El momento que decidió tomarse vacaciones fue el día que no pudo recordar cuando y dónde fueron las últimas. Aquella sensación de extrañeza de recuerdos felices, de vetusto cansancio y de hastío vital forjó una determinación que le llevaría fuera de aquel trabajo y vida que compartían una cruel monotonía. No tenía necesidad de destino. Sólo quería un buen bocado de libertad. Un lugar donde nadie le conociera y por conocer. Con gran zozobra descubrió que el pesar que sentía al abandonar su hogar contrastaba con la inmensa alegría que produjo en los que dejaban atrás. No les culpaba por aquellos sentimientos, pero tampoco se los perdonaría. Pero eso sería más tarde. Estaba de vacaciones.

Con una firme determinación de aventuras y un equipaje sumamente ligero se aventuró en el primer tren que abandonaba la ciudad. Cuando su intuición se lo dictó se apeó en la parada indicada. Fuera, una imponente mansión victoriana de tres pisos y otros tantos siglos a su espalda le atrajo casi con una llamada desesperada. Con una sonrisa cómplice

del destino atravesó la entrada atestada de polvo y recuerdos perdidos. Nadie fue a recibirle en la recepción así que decidió ir a buscar él mismo a quien rendir cuentas. La mansión le reveló a través de sus pasillos intrincados e interminables una historia de propietarios que rivalizaban en riqueza y orgullo. Supo que sus salones habían acogido miles de bailes, las habitaciones habían sido testigos de romances, descansos y descaros y las paredes sabían más secretos de los debidos. Sonrió satisfecho por fin pues la providencia se había portado bien con é3l. Sin embargo su gozo fue interrumpido por un torrente de voces impertinentes. Con rabia y curiosidad repartidas a partes iguales fue a descubrir que sucedía.

Una familia discutía enérgicamente en uno de los salones. El padre, alto y recio, gritaba cosas funestas sin parar que no hacían más que provocar gritos de su esposa y sus dos hijas gemelas que estaban en esa edad que uno se cree mayor y no lo es. La discusión discurrió en quejas contra el lugar y la firme decisión que había adquirido aquel padre de de arreglarlo y darle un vuelco a la situación en contra de la lógica e incluso su familia. Aquello le enfureció sobremanera. Aquel lugar iba a ser el reducto de su tranquilidad. Su oasis en un mundo seco de emociones nuevas. Sin pedir ni necesitar permiso decidió intervenir. Iba a pelear por su tranquilidad y disfrute. Ahora solo le restaba escudriñar en aquellas confundidas almas. Conocer sus miedos y secretos y mostrárselos de la peor manera posible. Lo que no lograba decidir es si aparecer ante la madre como una miasma de mil ojos, de las gemelas como payaso de torcida sonrisa o al padre con la forma de aquella amante que murió en “extrañas” circunstancias. Fuese como fuese iba a disfrutarlo lo justo y reclamar su tiempo muerto de la eternidad cuanto antes. Para eso estaba de vacaciones.


Texto: David Gambero
Narración: La Voz Silenciosa