17 octubre, 2013

Viaje Insólito


Texto participante en convocatoria

No hubo forma posible de tomar una decisión clara entre todas las ofertas que teníamos frente a nosotros. Todas eran válidas, por su atractivo paisajístico, riqueza cultural y exotismo. Mi marido y yo dejamos pasar la oportunidad de poder disfrutar de unas buenas vacaciones en el trópico, junto a aguas cristalinas, playas de arena fina y blanca, sol a todas bandas y lugares donde la naturaleza fuera apabullante. Él quería Cancún y las Bahamas. Yo el corazón de áfrica, las Seychelles, navegar por el Nilo y recorrer las enigmáticas ciudades subterráneas de Turquía. La confrontación nos llevó a disgregarnos hasta dejarnos vencidos, separados por camas en habitaciones contiguas. Mantuvimos la distancia durante los largos días de verano, sin apenas dirigirnos la palabra, a través de señales, o simples notas que invadieron la casa, mantuvimos la relación hasta que el destino vino a cambiarnos la vida.
Aquella tarde de verano, de un día caluroso, angosto por el sudor, mi marido y yo nos mirábamos de soslayo con ceño fruncido, por las desavenencias de haber sustituido lo paradisíaco por las baldosas de casa. Pero aquella tarde, justo frente a la ventana de la

cocina, a escasos cinco metros del otro bloque, vimos a nuestro vecino prepararse las tostadas de la tarde. Sonriente y complaciente nos saludó sin otra intención más que la de ser agradecido. Como autómatas lo saludamos sin importarnos la expresión tirante de nuestras caras. Jonás, el vecino, era un hombre excéntrico, amable, atento y cordial. Un hombre capaz de transformar su precaria vida en algo bello, en desarrollar su parte más humana, y potenciar los valores que pudieran llevar a un equilibrio justo. Su benevolencia y altruismo le llevó por aquellas casualidades de la vida a enterarse de nuestras desavenencias conyugales por las vacaciones. Rápido se puso en marcha, y como por arte de magia se acercó con un libro titulado: “Como dar la vuelta al mundo sin marearte”. Sin pronunciar más que; “aquí tenéis el remedio”, extendió la mano y lo cogí. Sobresaltados por su irónica postura mi marido cerró la puerta y bufé tan fuerte que, ¡ostras!, al soltar el libro encima de la mesa, para mí asombro, se abrió por la página uno.
—¿Has visto lo que yo he visto? - dije
—¡Nuestra imagen predilecta! ¡La Antártida!
—Fíjate que dice bajo la fotografía. ¡Son nuestros nombres!
Atraídos como imanes leímos la primera línea, imbuidos por una atracción incomparable a la que habíamos sentido al enamorarnos. Deseábamos saber sobre la vida de los protagonistas y el desenlace final.
Y en un instante, nos sentamos en el sofá, cogimos el libro a una y leímos hasta quedar extasiados de su contenido.
El viaje no programado al cual nos transportó el libro nos aportó placer. Viajar junto a las letras no fue Distópico. Un hecho palpable, que vivimos a cien. Los protagonistas fueron los causantes de nuestra reconciliación. A partir de este bello viaje hemos vuelto a ser protagonistas de otro de sus libros.


Texto: Francisco Manuel Marcos Roldán
Narración: La Voz Silenciosa