11 noviembre, 2013

Voracidad

Poco a poco se iban acercando a la cocina hasta quedar a centímetros de las hornallas. Olfateaban las fragancias y se sentaban en el piso con las pupilas dilatadas y fijas. Nadie recordaba el momento en el que abandonaron los cubiertos y empezaron a comer con las manos. Los pequeños dedos hurgaban en el guisado, mientras las lenguas limpiaban con prolijidad los restos que quedaban en el plato. Sólo la madre parecía estar fuera de sí ante semejante conducta. El resto de la familia celebraba con dudosa indulgencia la escena, que a fuerza de repetirse de manera cotidiana, se había transformado en una rutina inevitable. Cuando Raquel propuso recurrir a un especialista, recibió una salva de críticas que la acusaban de exagerar su preocupación. A los pocos días de cumplir doce años la abuela descubrió a sus nietos devorando las hojas de los libros que poblaban la biblioteca. La mirada que le lanzaron arrebató la posibilidad de reprenderlos. Un sentimiento oscuro, casi siniestro, brotó de aquellas pupilas desérticas que la despojaron de la certeza de que allí no pasaba nada. Muy pronto insectos, piezas de juguetes y plantas se sumaron a la lista que formaba parte del descabellado menú.

Meses después de cumplir la mayoría de edad, los hermanos abandonaron el hogar amparados por las sombras de la madrugada. Ningún miembro de la parentela volvió a saber de ellos. La única que no capituló fue Raquel, que se dedicó a buscar a sus hijos durante años. Todas las tardes antes de que cayera el crepúsculo, se acomodaba en el banco de la plaza y organizaba la pesquisa del día siguiente. Un martes de fines de Julio, un extraño se sentó tan cerca de ella que le rozó el cuerpo de un modo casi descarado. 
-¡Víctor! 
Raquel abrazó a su hijo y apenas pudo contener las lágrimas. 
-¿Dónde está Abel? –inquirió entre sollozos. 
La voz gélida del muchacho fue lapidaria.
-Desapareció.

Autor: Bee Borjas