09 octubre, 2015

Tecnología viva

Ayer compré un dron ultraligero con una estupenda cámara de 300.000 píxeles. Pero estaba aprendiendo a manejarlo en la salita y de pronto quedó suspendido en el aire, sin atender a los mandos, emitiendo un zumbido inquisitivo frente a la jaula del canario. A continuación realizó un looping nervioso y volando en barrena la emprendió iracundo contra las figuritas de Murano, la televisión de plasma e incluso aquel jarrón chino que nos había regalado la suegra. Seguro que tiene un virus, estaba yo especulando cuando enfiló furiosamente hacia mi señora y tuvimos que parapetarnos con urgencia tras la butaca. El dron, visiblemente ofendido, giró sus hélices con reprobación y nos tomó un par de fotografías acusadoras, de frente y de perfil. Después cruzó la estancia varias veces ejecutando algunas acrobacias victoriosas -diría que hasta chulescas- y remontó el vuelo hacia la jaula y extrajo un pequeño gancho de su tripa metálica para abrirle la portezuela a Panchito. Ambos huyeron juntos por la ventana abierta, a velocidad de crucero, revoloteando felices entre jubilosos trinos y alborozados pitidos bajo la luz dorada de una maravillosa puesta de sol. Yo, para ser sincero, no hubiera estado tan disconforme con aquel singular y cinematográfico desenlace, pero mi mujer prefirió uno clásico:
—Ya te lo dije yo.


Texto: +Luz Leira